El Dilema Bebé: ¿cómo decidir si quieres tener hijos?

El post de hoy es la historia de cómo pasé de estar convencidísima de no querer tener hijos a llevar un feto de siete meses en el útero.

De hecho, en esta foto estoy de seis meses. La he puesto porque aún se me ve una barriguita mona y elegante, y no la sandía gigantesca que tengo ahora.

Y cuando digo convencidísima, no me refiero a «más o menos yo creo que no los tendré pero a ver qué pasa». Me refiero a leer libros sobre el tema, meterme en grupos de Facebook, declarar que el hijocentrismo de nuestra sociedad era una estafa y regocijarme con Pablo de lo listos que éramos huyendo de todo ese desastre.

Yo es que soy muy extrema.

Tener o no hijos es una de las decisiones más importantes y difíciles a las que nos enfrentaremos en nuestra vida. No solo tiene consecuencias enormes en nuestro estilo de vida, relaciones, finanzas e incluso salud física, sino que a partir de cierto punto, ya no hay vuelta atrás: el útero, como el chino de mi barrio, no acepta devoluciones. 

Además, falta información práctica sobre cómo empezar siquiera a tomar la decisión: ¿qué pongo en la lista de pros, si el amor a un hijo «no se puede explicar»? ¿Debería sentirme de una forma especial? ¿Cuán claro hay que tenerlo para lanzarse? ¿Cómo separar los miedos normales de las auténticas «contraindicaciones»?

¿Por qué no tenemos una piedra en el ombligo, como los trolls del tesoro, que cambie de color cuando estemos listos para la procreación?

Cuando estaba sumida en mi propio laberinto del Dilema Bebé, me habría gustado que alguien contestara a estas preguntas y me ayudara a analizar el asunto como algo más que una lista de pros y contras. Así que además de comerte la oreja durante casi cinco mil palabras y contarte mi historia, voy a tratar de echarte un cable en esta decisión tan complicada.

[Si quieres, de hecho, te puedes saltar mi momento Las Tardes con Ana Rosa e ir directamente a donde dice « El Dilema Bebé: ¿cómo decidir si quieres tener hijos o no?». Se puede leer perfectamente como un artículo independiente.]

¿Estás preparado-barrita-a para un viaje fascinante, que incluirá la historia de mi gata Kalimera, una introducción al moco cervical y un análisis pormenorizado del coste de los pañales? (Lo último es broma. Estoy en negación respecto al coste de los pañales. Lalalalaaa me van a caer del cieelooooo. Y sí, sé que existen los pañales de tela. Y no, no los voy a usar. Tengo serios problemas para llevar al día mi propia colada; los pañales de tela convertirían nuestra casa en una amenaza a la salud pública.

Jo, ya he acabado hablando de pañales y yo no quería)

En fin. Vamos allá.

El comienzo del comienzo

A mí los niños nunca me han llamado la atención. No jugaba con muñecas porque estaba leyendo todo el rato; no les hacía caso a mis primos pequeños; en las casitas siempre quería ser la hija. Mi instinto maternal no existía.

Durante la adolescencia, sin embargo, asumí que tendría hijos en algún momento. Por otra parte, también asumí que iba a ser una adulta solitaria y rarita que acabaría comida por los perros. No recuerdo muy bien por qué pensaba eso; supongo que porque ligaba poquísimo (¡poquísimo!) y me costaba imaginar a alguien lo bastante interesado en mí como para que procreáramos. Aun así, tener hijos era lo normal, así que yo confiaba en la estadística y suponía que entraría dentro de esa norma.

Mi primer novio, Chispas, y mi loco loco reloj biológico

¿Va esto a convertirse en un relato de mi vida, en vez de en un relato de mi decisión sobre tener o no hijos? Es posible.

Cuando empecé con mi primer novio, Funes (¡Es su apellido! ¡No se llama Funesto! Funesto no es un nombre), mi reloj biológico iba a velocidad de vértigo. Tenía dieciocho, diecinueve años y me parecía que me quedaba una eternidad para tener hijos sin que me señalaran por la calle como a un drama post-adolescente. Lo que me hacía más ilusión de todo el proceso era, por estúpido que suene, el embarazo: me fascinaba la idea de que una persona entera creciera en mi barriga desde cero. 

Con Funes discutíamos nombres para nuestros futuros churumbeles. El único que recuerdo de aquella época postadolescente y fantasiosa es Lluvia.

¡Veto!

Si hubiera tenido hijos entonces o poco después, habría entrado en shock, porque a los dieciocho tenía una visión edulcorada e irreal de todo el proceso, en que mis hijos eran muñecos silenciosos que leían en una esquinita mientras yo les miraba con orgullo.

Lo dejé con mi primer novio, llegó el segundo novio y con él continuaron mis fantasías de maternidad, a pesar de que si tenía un retraso de dos horas en la regla correteaba a la farmacia más próxima, me compraba un test de embarazo y suspiraba aliviada cuando veía una sola raya. Mi novio de entonces, Javi, era siete años mayor que yo, y mientras mis amigas hacían botellón en el Hipercor en Granada, los suyos montaban sofisticadas cenas con vinos caros y empezaban a procrear. Imaginaba que el momento preñil iba a tardar menos en llegar de lo que pensaba.

Escalada extrema y soltería extrema

Con Javi las cosas tampoco salieron bien, así que a los veinticinco estaba de nuevo en la casilla de salida. Como a cualquier mujer de veinticinco, me parecía que tenía por delante MILLONES DE AÑOS para conocer a un hombre y ya si eso procrear, así que no le dedicaba demasiado espacio mental al asunto.

Me mudé a Cádiz para empezar la residencia en Psicología Clínica. Aviso: si estáis en edad de merecer, no os vayáis a Cádiz, porque debe de haber unos tres solteros en total. Además, ¿os he contado ya que ligaba poquísimo? Ninguno de esos tres solteros quería nada conmigo. Pasé tres años en un celibato casi absoluto, salpicado con algún encuentro ocasional que no fue más allá. Descubrí la escalada y me arrojé a ella con fanatismo. Entrenaba todos los días, escalaba todos los fines de semana, me dolían todas las articulaciones y era muy feliz.

Entonces se me ocurrió la idea de no tener hijos. Porque mi vida me encantaba, porque mi amiga Elsa acababa de tener una niña y aquello parecía un rollo, y porque seguía sin visualizar al supuesto maromo que supuestamente querría inseminarme sin que hubiera roofies de por medio (Confesión: no sé muy bien cómo funcionan los roofies. Igual no sirven para esto).

Yo en la veintena era una radical

Hace unos días, Pablo me preguntó si pensaba que tener una opinión sobre todo es un signo de inteligencia. Le dije que no: creo que es más inteligente admitir que de muchas cosas no tenemos la suficiente información y permanecer abiertos y curiosos.

Esa es la Marina de treinta y tres. La Marina de veintitantos se creía que lo sabía todo de este mundo y del siguiente. Tomaba una decisión y me parecía irrebatible e insuperable, y miraba por encima del hombro a todo el que pensara de forma distinta a mí.

La meditación Vipassana: es lo más, es el camino a la iluminación, ninguna otra técnica te llevará a la felicidad.

La dieta paleo: es lo más, es el camino a la inmortalidad; mírate a ti, patético plebeyo, con tu barra de pan y tu pack de yogures.

La escalada: es lo más, el único deporte que merece la pena, si no escalas estás malgastando tu vida.

No tener hijos: es lo más, la única manera de llevar una existencia plena de verdad y no sometida a los designios de la sociedad pequeñoburguesa.

En aquella edad, aún mostraba esa pasión adolescente en que todo TE ENCANTA o TE HORRORIZA y no eres capaz de matizar. Haber sido así hasta los veintimuchos me preocupaba hasta que me enteré de que la parte emocional del cerebro no termina de madurar hasta los treinta y dos. ¡Treinta y dos! [1] Ahora todo encaja. También echo de menos, hasta cierto punto, ese entusiasmo: ahora soy más moderada, pero me apasiono menos.

Cuando la gente me decía «ya cambiarás de opinión sobre tener hijos», debería haberme dicho «ya cambiarás de opinión sobre casi todo lo que crees ahora». No es que pasar de no querer hijos a quererlos sea corriente; es que pasar de opinar algo a lo contrario en el periodo de la veintena-treintena es muy común.

Aun así, yo creía honestamente que esa era mi postura sobre el tema. No es que no hubiera pensado sobre ello, ni que me pareciera una decisión que podía tomar a la ligera. Al contrario: lo veía tan radical, y estaba tan falta de referentes, que hice lo que hago siempre que algo me inquieta: me puse a leer. Leí blogs, libros y artículos sobre parejas sin hijos y lo contentos que parecían con su decisión. Me reafirmé en mi posición y se la conté a todo el que quisiera escucharme.

Entonces llegó Pablo

El chico de Moab

Pablo y yo nos conocimos en Moab, Utah, y nos enamoramos locamente en cuatro o cinco horas. El tema de los hijos salió muy pronto: los dos estábamos súper de acuerdo en que aquello no era para nosotros, así que nos pareció otra señal de que éramos almas gemelas. Pasamos juntos una semana en EEUU, menos de un mes después se mudó a España, en dos meses compartíamos casa y, en resumen: que nos pegamos el uno al otro como cachorritos codependientes.

El tema de los hijos no necesitábamos ni discutirlo, porque había estado claro desde el principio. Años después, cuando le daba vueltas torturada a si debía o no dejar a Pablo por ser madre, me consolaba pensando que al menos no había cerrado los ojos al asunto y lo habíamos hablado de antemano.

Así que ahí estábamos los dos, felizmente childfree, escalando, montando nuestros respectivos negocios, construyendo la vida que siempre habíamos soñado. Entonces empezaron a pasar HT: Hechos Tambaleadores, que erosionaron mi creencia firme de que no quería procrear.

HT1: cumplir treinta

Ya me da la suficiente vergüenza ser el cliché andante de «la que no quería tener hijos y luego cambió de opinión y ahora es la más motivada, mírala ahí con sus ebooks sobre lactancia», para ser también el cliché andante de «la que tuvo una crisis existencial cuando cumplió treinta». 

Qué puedo decir. Me pasó.

¿Tiene Friends referencias para todos los temas? De momento, la respuesta es sí

Los treinta son un shock. La sociedad no te prepara. De repente, sin previo aviso, eres expulsada de forma oficial de ese área nebulosa llamada «la juventud». De forma extraoficial, te sigues considerando joven, claro. No eres como tus padres, no te sientes vieja. Pero date una vuelta por un campus universitario y te darás cuenta de que ya no eres tan joven. Te dirás, como me digo yo por las calles de Granada, que es imposible que tú tuvieras ese aspecto de bebé cuando ibas a la facultad, y que esto son los Milennials, que no maduran y se les nota en la cara. Lo que pasa, querida Marina, es que tienes mínimo diez añazos más que esas muchachitas que se pasean carpeta en mano. DIEZ.

Cuando cumplí treinta, me sentí como si hubiera estado años merodeando en un bufé, picoteando un poco de aquí y otro poco de allá, y de repente alguien hubiera empezado a llevarse los platos. Y yo: «¡Eh, que aún no estoy preparada!», y ese alguien señalándome a toda la gente que se había servido copiosas raciones de las mejores comidas y las engullía tranquilamente.

Fue darme cuenta de que no tenía todo el tiempo, ni toda la energía, ni todas las posibilidades del mundo.

HT2: llevar (casi) mi vida ideal

Con treinta yo vivía en un pueblecito famoso por su escalada con el amor de mi vida, trabajaba por libre en lo que me gustaba y no tenía ningún problema. Ninguno. El mundo era, como dicen los yanquis, nuestra ostra: nada nos impedía mudarnos a donde quisiéramos, viajar o crear.

Y me aburría. 

No era un aburrimiento diario, sino un aburrimiento existencial. De repente, los años que me habían parecido tan escasos y preciados al principio de mi declaración childfree (¡no puedo hacer todo lo que quiero antes de los treinta y cinco!) ahora se extendían frente a mí largos y monótonos. No es que pensara que no podría entretenerme en mi día a día si no tenía hijos; lo que me parecía era que estaría estancada, como si no supiera salir del nivel actual de un videojuego. Me imaginaba cuarenta o cincuenta años más llevando aquella vida y se me quedaba corta.

Aquí tengo que insertar la advertencia de «no estoy diciendo que si no tienes hijos tu vida sea aburrida». Estoy hablando DE MÍ, MARINA. Porque es posible (¿probable?) que el problema sea mío, y que cuando nazca Alana tenga otro tipo de aburrimiento existencial y me pregunte si ahora lo que me queda por delante son años de cambiar pañales y limpiar mocos; al fin y al cabo yo soy, como decía mi amigo Javi, neurotiquilla, y la felicidad no es algo que me salga natural. 

No quiero decir que fuera una perspectiva razonable; solo que era mi perspectiva.

HT3: Los libros sobre educación infantil

Un día, Amazon me sugirió un libro sobre educación: Cinta aislante para padres, de Vicki Hoefle [2], y como he trabajado con niños y me gusta la intervención familiar, lo leí. Me encantó: de repente alguien compartía mi visión sobre la vida y la trasladaba a la educación de los niños. 

Gracias al libro, empecé a ver la crianza como un proceso en el que tú, como madre, no te limitas a dejar que te pasen cosas horribles y a aguantar el tirón, sino en el que tienes margen para introducir cambios y moldear la experiencia: no exactamente a tu gusto, pero sí para que encaje con tus valores y tu estilo de vida. Quizá esto se caiga por su propio peso, pero últimamente, con la moda de «maternidad realista» que sacude Internet, parece que los hijos son una cruz que te toca y que lo único que puedes hacer es resignarte y ponerle hashtags en Instagram a tu espantosa experiencia. 

Además, me ayudó a imaginarlo como algo que podía hacer yo. Fue parecido a lo que me pasó con la escalada [3]. Antes de los veinticinco, una Marina-escaladora era tan improbable como una Marina-astronauta. Cuando la idea entró en la esfera de lo posible, trajo consigo una catarata de cambios y me convirtió en alguien diferente. Gracias a los libros sobre crianza que encajaban conmigo, empecé a contemplar la posibilidad de que existiera en el futuro una Marina-madre en la que podía convertirme. 

HT4: Mi gata Kalimera

Un día Pablo y yo salimos a pasear y escuchamos un ruido extraño, como un pájaro piando. Era una gatita tricolor, no más grande que una mano, metida en una tubería a la salida del pueblo, maullando desesperada. Tenía la colita tiesa, como una antena parabólica, estaba llena de mugre y parecía dueña de un carácter ridículo para pesar menos de doscientos gramos. Cuando la llevamos a casa y le pusimos un cuenquito de leche de arroz, y empezó a beber con cara de concentración, Pablo y yo dijimos: «Ooooohhh» y nos miramos, y él añadió: «Y así fue como los chicos adoptaron una gata».

Mugrimera

Quizá digáis «por Dios, cómo se te ocurre comparar a un gato con un hijo, te vas a enterar cuando nazca Alana, no tiene nada que ver, es hiper-mega-mucho-más-duro, te va a cambiar la vida pero al final ya verás como merece la pena». No quiero decir que tener a Kalimera sea como tener a un hijo. Quiero decir que vivir con ella me hizo saber lo que se siente cuando tienes a alguien a quien cuidar.

Mis gatas me dan una felicidad desmesurada para lo poco que piden a cambio. Me gusta mirarlas, achucharlas, ponerles voces, verlas saltar cuando Pablo juega con ellas. Me conmueve que aunque les hagamos pedorretas en la barriga, las cepillemos o les cortemos las uñas, ellas siguen viniendo y queriendo estar con nosotros. Pablo y yo somos su mundo entero, y quien diga que los gatos van a su bola no ha visto cómo estas dos nos siguen por toda la casa y vigilan hasta el último de nuestros movimientos. Mientras escribo esto, Kalimera está sentada sobre mi muñeca, lamiéndome la mano y en paz con el universo.

Si se me gangrena la mano, ¿cuenta como accidente laboral?

No tengo ni idea de si tener hijos se parecerá mucho o poco a la experiencia gatuna, pero sé que Kalimera me enseñó que podía obtener placer y satisfacción con actividades que no implicaran solamente hacer lo que me daba la gana en cada momento.

Ante la duda, lee

Hubo más hechos tambaleadores, como lo amigos que nos hicimos del hijo de trece años de otra pareja del pueblo, o lo mal que me sentía yo cada vez que alguna amiga anunciaba su embarazo. Poco a poco, todos se fueron acumulando y creando una tormenta perfecta dentro de mí que solo supe resolver de la manera de siempre: poniéndome a leer. Me lancé a devorar experiencias de padres y madres, de gente que no sabía si tener hijos o no, libros sobre educación y artículos como este (quizá más cortos y menos autoindulgentes). 

Entonces tuve una epifanía. Es la siguiente:

Tener hijos no es una decisión racional. Como decía Molinos [4] en un post suyo que ahora mismo no encuentro, decides si vas a tener hijos o no sin saber cómo va a ser la experiencia. Es imposible resolver el problema con la razón. Decidir tener hijos es una apuesta de la que no puedes echarte atrás y de cuyo resultado no tienes ni idea.

Esta epifanía me calmó. No tenía que justificar mi deseo a nadie porque era eso: un deseo. Me había quedado tan atrapada en dar motivos para convencerme a mí misma que no era capaz de dar el salto y asumir que cualquiera de las dos decisiones era imperfecta y tenía riesgos y que, aun así, decidir cualquier cosa era mejor que quedarme quieta.

¿Y ahora qué hago con Pablo?

A todo esto, Pablo seguía absoluta, total, completamente convencido de que él no quería tener hijos. No le veía el atractivo, le encantaba su vida de escalador-emprendedor libre como el viento y, en fin, que no quería. Yo le soltaba indirectas y le preguntaba qué pasaría si yo cambiaba de opinión, y él medio se evadía, medio me tranquilizaba diciéndome «ya lo solucionaremos».

En realidad, yo ya estaba en modo-predator-reproductivo-on.

Empecé a medirme la temperatura basal con un termómetro para ver si ovulaba y cómo estaban mis ciclos menstruales. Me entró la prisa: Dios, ya tenía treinta añazos; si me quedaba embarazada ahora, pariría con treinta y uno; cuando mi primer hijo tuviera dieciocho, yo estaría a punto de cumplir cincuenta. ¡Era vieja! ¿Cómo había podido suceder? ¿Cómo se había convertido la universitaria que se hacía tests de embarazo y veía la posible maternidad como un drama en una treintañera con los óvulos a punto de desintegrarse?

Así que imaginad la batalla interna: tenía que encontrar la forma de convencer a Pablo, el amor de mi vida, así que debía ser sutil, pero por dentro mis ovarios ya se habían puesto en plan guerrero y estaban dispuestos a todo. Aquella época fue horrible. Aunque yo le sacaba el tema de vez en cuando, Pablo no le dedicaba más que el tiempo que duraba la conversación: después volvía a sus cosas, porque recordemos que yo llevaba años jurando que lo de los hijos no era para mí. Y mientras él vivía en el Mundo de la Piruleta, yo seguía dándole vueltas y vueltas al coco, leyendo, pensando y maquinando.

No recuerdo en qué momento le dije que ya había tomado la decisión. Sí sé que él se puso muy triste, pero que siguió diciendo que «lo arreglaríamos». Y yo pensaba: «¿pero cómo lo vamos a arreglar? ¿Vamos a tener medio hijo?». Mi mente pragmática veía que solo había tres soluciones: cedía él, cedía yo o rompíamos la pareja.

¿Qué hacer si quieres tener hijos y tu pareja no?

Esa era la frase que yo buscaba en Google día sí y día también. Los consejos que me encontraba iban en la línea de «déjale, porque no va a cambiar de opinión, y si cambia será por ti y le harás infeliz toda la vida». A mí aquello no me parecía realista: si yo había cambiado de opinión, y además tan radicalmente, ¿por qué no iba a hacerlo él? Sin embargo, convencerle parecía de una incorrección política absoluta. Cada uno de nosotros tiene que hacer lo que siente, seguir la llamada de su corazón, etc.

Entonces le escribí a Penelope Trunk [5], uno de mis ídolos adultos. Penelope escribe en su blog sobre carreras profesionales, en principio, pero un poco sobre todo: hijos, vida, personalidad, sus depresiones, sus historias, Asperger, educar en casa y, en fin, un batiburrillo de lo que le interesa. Es una pensadora original: puede gustarte o no, pero te hace reflexionar, y yo la respeto mucho. Así que le mandé un mail muy largo preguntándole si debía o no tratar de convencer a Pablo, porque estaba preocupada por llevarle por un camino que no era el suyo.

Su respuesta:

Try to convince him. He is practical and to keep you he has to have kids. Lots of men have kids to keep the woman in their life. If he won’t give in during the next few months, you should leave him. Kids mean more to a woman than a husband. Its harsh but true. And it would be so so sad for you to lose the window to have kids. 

Good luck.

[Intenta convencerle. Él es práctico, y para mantenerte consigo tiene que tener hijos. Muchos hombres tienen hijos para mantener a la mujer en su vida. Si no cede en los próximos meses, deberías dejarle. Los niños significan más para la mujer que para el homnbre. Es duro, pero cierto. Y sería muy triste que perdieras la ventana de oportunidad para tener hijos.

Buena suerte.]

Y eso es exactamente lo que hice.

Sobre intentar convencerle

Vale, voy a aclarar un poco más por qué reorganicé mi vida para seguir el consejo de cuatro líneas de una señora yanqui que no me conoce de nada.

Preguntando por ahí, me di cuenta de que hay muchas, muchas mujeres que convencen o presionan a sus hombres para tener hijos. Lo que pasa es que nadie lo cuenta, porque parece que entonces te estás plegando a los roles de género o traicionando el mandamiento de Encuentra Tu Pasión y Síguela Por Siempre.

Además, por terrible que parezca, resonó mucho conmigo no querer perder mi ventana de oportunidad por Pablo. Supongo que este punto hay que aclararlo.

«Nunca te dejaría por la posibilidad de un hijo» #mentira

Una de las miles de frases épicas que dije en su día y luego me tuve que comer con patatas es: «Yo nunca te dejaría para tener hijos, porque cómo voy a dejarte a ti, hombre de mi vida, a quien ya conozco y quiero, por una criatura que ni siquiera existe».

Ah, la ingenuidad.

Lo peor es que es probable que esa sea la postura «correcta». No solo porque es, de hecho, verdad que a tu novio/marido le conoces y a tu futuro hijo no, sino porque tu hijo, si todo va bien, se irá de casa tarde o temprano, y con tu marido te quedarás muchos más años. Es absurdo cambiar una relación que funciona por algo que no tienes ni idea de cómo será.

Pero, como he dicho antes, decidir tener hijos es fuckin’ absurdo.

Además, hay cuestiones que no había tenido en cuenta cuando pronuncié esa declaración lapidaria.

La primera es que no es igual tu relación cuando eres feliz sin hijos y estáis en el mismo equipo, que tu relación cuando sientes que lo único que se interpone entre ti y tu Amado Bebé es ese ser peludo que ronca a tu lado en la cama. Idealmente, te darías cuenta de que no es su culpa, de que los dos podéis elegir, etcétera; pero como todos somos poco ideales, lo que me ocurrió a mí es que empecé a acumular resentimiento.

Ya no estaba dejando mi relación ideal con el hombre de mi vida por la posibilidad remota de un crío; estaba dejando una relación que día tras día se envenenaba y se llenaba de resentimiento, de posibilidades perdidas y de tristeza.

La segunda es que, por frío que parezca, pensaba que si dejaba a Pablo y conocía a otro chico, me enamoraría, las hormonas obrarían su magia y estaría más o menos igual de bien que con Pablo. Entonces tendría la relación y el hijo. Ahora no soy tan optimista sobre mis posibilidades y creo que habría tenido que sacrificar algo de bienestar en la relación por tener un hijo, pero eso es lo que pensé en el momento. Además, recordemos que mi relación con Pablo se emponzoñaba por días, así que quizá hubiera sido más feliz con alguien menos compatible, pero con objetivos comunes.

Mis posibilidades, entonces, se redujeron a dos: convencer a Pablo o dejarle y buscar (¡rápido!) a otro maromo dispuesto a procrear.

La etapa más horrible de mi vida

Ahí empezó la etapa más horrible de mi vida, de la que ni siquiera puedo hablar mucho porque me parte el corazón. 

Primero intenté persuadir a Pablo. Hice un Power Point y todo. Lo que pasa es que es complicado convencer a quien no quiere ser convencido y, sobre todo, a quien no tiene nada que ganar. Pablo ya tenía su situación ideal, conmigo y sin hijos. ¿Por qué salir voluntariamente de ella?

Un día salimos a comer y le pregunté cuán inclinado estaba hacia el sí en una escala del uno al cien. Me dijo que tres. Tres. Fue devastador, porque yo llevaba en misión convencimiento meses. Fue entonces cuando me di cuenta de que Pablo no pensaría en serio en el tema si no tenía ningún incentivo para hacerlo. Y supe que, de nuevo, Penelope tenía razón: él no había cedido en varios meses, y no solo eso, sino que no estaba haciendo ningún esfuerzo para informarse o reflexionar. Yo no me podía permitir perder más tiempo: la respuesta correcta, para mí, era dejarle.

La ruptura flash

Pablo y yo estuvimos dos meses (pseudo) separados. Aunque ahora mismo siento como si esos dos meses no hubieran existido, en el momento tenía clarísimo que lo habíamos dejado y que estaba de nuevo sola en mi camino por la vida. Fue horroroso, lloré muchísimo y, aun así, sabía que era la decisión correcta. Volvía a estar yo al volante. Aunque no había nada seguro, la sensación de haberme hecho responsable del asunto era mayor, y eso me hacía sentir mejor que esperar. Me mudé de casa, apreté los dientes y me dispuse a pasar el duelo por la relación y a buscar a otro maromo.

Por suerte, no hizo falta, porque Pablo cambió de opinión y volvió conmigo. Este es un post sobre mí, no sobre él, así que no puedo explicar por completo qué le hizo cambiar de opinión. Lo que sé es que para mí no es importante. No sé si va a tener a Alana para satisfacerme y en el futuro esto hará que sea él quien esté resentido. Pero parte de estar en una relación adulta consiste en hacerle a él responsable de sus decisiones y confiar en su proceso, sin tener que asegurarme de que cumple mis criterios morales.

Volver con Pablo es lo mejor que me ha pasado en la vida: separarnos y volver a tomar de forma consciente la decisión de estar juntos fortaleció la relación, y ahora estamos mejor que nunca. A veces no puedo creer la suerte que tengo: conseguí al chico perfecto para mí y ahora estamos esperando a nuestra adorable bebé.

Sin embargo, es fácil que una historia quede limpia y redonda cuando la cuentas a tu manera desde el punto en el que sabes que todo sale bien. Mientras estaba ocurriendo, fue una mierda. Lo pasamos fatal. Y ahora mi vida tampoco es perfecta. Me duele la espalda, estoy a dieta por posible diabetes gestacional, no voy a hablaros de mi tránsito intestinal porque todavía soy una señorita y a veces tengo ataques de pánico pensando que a Alana podría pasarle algo, o que mi vida se va al carajo, o que Pablo y yo nunca volveremos a tener un conversación adulta cuando nazca el bebé. Así que ya sabes: no compares tu interior con el exterior de otros [6], y menos aún con el mío, que llevo una vida muy normalita.

¿Cómo estoy ahora? (Spoiler alert: preñada)

Mientras escribo este artículo estoy embarazada de siete meses. Es rarísimo estar embarazada después de tanto tiempo fantaseando con el momento. Yo creía que me sentiría súper especial y flotaría a tres palmos del suelo, pero después de un tiempo te acostumbras, como a todo. Tiene partes muy bonitas, otras muy molestas y otras aterradoras.

Estoy satisfecha de cómo ha ido todo. Quizá ahora me gustaría tener dos o tres años menos, que me dieran algo más de margen si queremos tener más hijos, pero creo que lo he hecho lo mejor que he sabido. No me arrepiento de nada: creo que mantuve los ojos abiertos durante todo el proceso y que en ningún momento me «dejé llevar». No se me ocurre, mirándolo en retrospectiva, cómo podía haber hecho las cosas mejor.

Me hace ilusión ser madre, pero no tengo grandes expectativas de que vaya a hacerme súper feliz. Pienso que depende de mí practicar una actitud de apertura y de satisfacción con el presente, pase lo que pase y sea como sea la experiencia. Si no soy capaz de encontrar eso aquí y ahora, no me lo va a dar nada externo a mí. 

Por otra parte, sí que me siento más en paz que antes, es decir: más como si estuviera donde tengo que estar. Lo que pasa es que sé que esa paz no será para siempre. No es algo que puedas reunir, amontonar y usar para sentarte encima y vivir el resto de tu vida sin sentir ni padecer. Tener hijos es una decisión dinámica: hoy estoy embarazada, mañana tendré un bebé, pasado una niña, en algún momento una adulta, y cada uno de esas etapas requerirá distintos ajustes y será un nuevo desafío. Elegir solo es el primer paso del camino.

El Dilema Bebé: ¿cómo decidir si quieres tener hijos o no?

Es posible, querido lector-barrita-a, que tú también estés pasando por un momento de indecisión parecido, y si es así me gustaría echarte un cable. Así que ahora voy a analizar el proceso de toma de decisiones y darte ideas para que lo apliques a tu situación. 

Aclaro que este artículo es, como siempre, cero científico. Son reflexiones mías e intuiciones sobre un proceso que es como la vida: confuso, desordenado e inexacto. Esto no es una fórmula que puedes seguir y que te llevará a un «sí» o a un «no» clarísimos y a un estado de certeza sobre tu futuro. Eso no existe. Es, más bien, un conjunto de propuestas que espero que te iluminen partes del tema en las que no habías pensado hasta ahora.

He enfocado esta sección a las mujeres: primero, porque me leen más mujeres que hombres; segundo porque, en mi experiencia, somos las que más sufrimos el Dilema Bebé, sobre todo por lo de nuestros ovarios en decadencia y tal; tercero, porque es menos ortopédico gramaticalmente hablando. Si eres hombre, estoy segura de que también puede servirte, así que te animo a que lo leas tú también.

Quiero dar las gracias infinitas a todas las que habéis contribuido con vuestras experiencias y testimonios y me habéis dado permiso para reproducir aquí parte de vuestros correos (insertar besitos).

En el fondo es una decisión como cualquier otra…

… y, como en todas las demás, no hay forma de saber si va a ser la «correcta». Incluso después de haber experimentado sus consecuencias, te faltan datos sobre cómo hubiera sido tu vida de haber escogido la otra opción. Así que a no ser que tengas a mano una buena máquina del tiempo, no te queda otra que asumir que toda decisión es una apuesta.

Dicho esto, creo que puedes diseccionar el Dilema Bebé en sus componentes para ver el proceso con más claridad.

El reloj biológico

Si no sacas nada en claro de este artículo, al menos conocerás a Sarah Andersen

Para la mayoría de las mujeres dudosas, el reloj biológico es un factor y, si no lo es, debería serlo. Nada me gustaría más que decirte que todo es una conspiración del gobierno y que las mujeres podemos tener hijos hasta los sesenta, pero mi opinión más honesta y el consenso científico es que a más edad, más dificultades, en promedio. Por supuesto que todos conocemos a la que lleva desde los veinticinco intentándolo sin conseguirlo y a la que a los cuarenta y cinco se preñó a la primera y tiene un bebé precioso, pero en estos asuntos es mejor hacer caso a la estadística que a las anécdotas.

Jean M.Twenge escribió hace tiempo un buen artículo bastante optimista sobre la edad y la maternidad [7]. Su conclusión es que ni todo es tan terrible como lo pintan los medios, ni te puedes dormir en los laureles: la fertilidad aguanta el tirón hasta casi finales de la treintena, pero a partir de ahí empieza a disminuir muy rápido.

El reloj biológico puede afectar a tu decisión de muchas maneras: puede hacer que te lances a ello sin estar muy convencida para no perder la oportunida; puede acelerar procesos (rupturas, búsqueda de pareja) que de otra forma atrasarías; o puede tomar las decisiones por ti: hay parejas que acaban no teniendo hijos porque el tema biológico se ha complicado y prefieren no continuar por ese camino. 

La parte buena es que el caracter finito de tu vida reproductiva te obliga a moverte y a pasar a la acción. Como dice Penelope Trunk: When we are young, life is full of possibilities, and for all of us, doors start closing as we age. The key to opening more doors is to make commitments. If you make a choice and walk through a door, then you get a whole new set of choices on the other side. But if you never make choices and you never walk through doors, then the world gets smaller and smaller as doors close naturally, as you grow older. [Cuando somos jóvenes, la vida está llena de posibilidades, y para todos nosotros, las puertas empiezan a cerrarse a medida que nos hacemos mayores. La clave para abrir más puertas es comprometerse. Si tomas una decisión y cruzas una puerta, aparece un nuevo conjunto de posibilidades al otro lado. Pero si nunca tomas decisiones y nunca cruzas puertas, el mundo se va haciendo más y más pequeño a medida que te haces mayor y las puertas se cierran naturalmente]. Tómate el tic-tac de tu reloj biológico como un empujoncito para cruzar de una vez la puerta que sea y ver lo que hay al otro lado.

La parte mala es que no sabes el bombón que te ha tocado en la caja de la fertilidad hasta que no intentas abrirla, y que si lo que hay dentro no es bueno, puede añadirse al mix de culpa y confusión que acompaña a las decisiones sobre maternidad. Porque hay una verdad incómoda en la vida de las mujeres, y es que cada decisión que tomas en la veintena y al principio de la treintena tiene sus consecuencias más adelante, y que el ámbito donde más se notan es el reproductivo. 

Maticemos, que este es un tema sensible en el que es fácil pisar callos.

Lo que no quiero decir: orienta toda tu vida a procrear, porque lo único importante de ti es tu útero y aprovecharlo mientras está en prístina condición, y si se te pasa el arroz es culpa tuya, oh, mujer egoísta, por modernita y por ambiciosa y por no espabilar antes.

Lo que sí quiero decir: mientras más joven eres, más margen tienes (¡en promedio!), así que una buena regla es plantearte si los beneficios de atrasar el Dilema Bebé, o de alargar procesos relacionados con él, compensan tu pérdida progresiva de posibilidades. ¿A qué procesos me refiero? Por ejemplo, a buscar una pareja; dejar una relación en la que el otro no quiere lo mismo que tú; mudarte a una ciudad donde tienes más posibilidades de encontrar a alguien; y, sobre todo, al proceso básico y fundamental de aclarar qué quieres en tu vida. 

Tus decisiones son tuyas y dependerán de tus preferencias y de los riesgos que estás dispuesta a asumir. Quizá no te importa demasiado que tus hijos sean biológicos o adoptados; quizá te arrepentirías más de enlentecer tu carrera que de perder la oportunidad de ser madre. Puede que prefieras congelar óvulos ahora y ganar unos cuantos años a pesar de la incertidumbre o las molestias de tener hijos por fecundación in vitro. Eres tú la que tiene que plantearse qué está dispuesta a sacrificar a cambio de qué. 

Es importante, por tanto, que conozcas las opciones y que te informes de lo que conlleva cada proceso. Es fácil decir, por ejemplo, «no me importa esperar; en el peor de los casos, adopto y ya está». ¿Sabes cuán fácil o difícil es adoptar, cuánto tiempo tendrías que esperar, cuánto dinero costaría? ¿Tienes idea de los desafíos que puede suponer una adopción? ¿Qué opina tu pareja? Esto mismo se aplica a los tratamientos para la fertilidad, la donación de óvulos o la posibilidad de ser madre soltera. Asegúrate de que tu plan B es realmente un plan, y no solo un salvavidas emocional que te permite evadirte de lo que tienes frente a ti aquí y ahora.

Controla lo controlable

Aunque no lo tengas claro, hay algunos pasos que puedes dar para asegurarte de que tu sistema reproductivo está lo mejor posible. Si finalmente te decides por el sí, llevarás cierta ventaja; si optas por el no, estar sana no va a perjudicarte. 

Lo más importante es que conozcas tu ciclo, y para eso mi sugerencia es que dejes los anticonceptivos hormonales, si los usas, y aprendas lo básico sobre medir tu temperatura basal y clasificar tu moco cervical (sí, es tan repugnante como suena). Esto te permitirá detectar problemas que puedes ir solucionando mientras te decides: no ovular, o ovular irregularmente; ciclos muy largos o muy cortos; fase lútea muy corta; ausencia de moco fértil… 

Advertencia: esta podrías ser tú en el futuro

Si todo esto te suena a chino, no sabes lo que es la fase lútea y no tenías ni idea de que en tu cérvix hay distintos tipos de fluido que pueden o no ser fértiles, tranquila. La mayoría de las mujeres no sabemos lo que pasa en nuestro cuerpo, más allá de que una vez al mes sangramos y otra vez al mes ovulamos. Aprender sobre ese tema es muy poderoso, influye en toda tu salud y más adelante te puede ayudar a ganar tiempo en un proceso en el que el tiempo es vital.

El libro más completo sobre el tema es el fantástico Taking Charge of your Fertility [8] que, por desgracia, no está en español. Si te interesa, no obstante, hay millones de recursos online.

Última sugerencia: si te pones a procrear, una buena idea es decirle a tu chico que se haga un análisis de esperma al principio del proceso. Es una prueba rápida, indolora y barata que puede evitar que perdáis años intentándolo si hay un problema importante por su parte. Tu chico se sentirá ofendidísimo y afirmará que a él no le pasa nada y que sus soldaditos están estupendos; o, como me dijo a mí Pablo: «Nena, soy argentino. Te miro y te embarazo». Es un poco triste que en pleno siglo XXI la masculinidad se ofenda tan rápido con algo tan aleatorio, pero sucede. Negocia e insiste sin miedo, porque es importante.

Como era joven estaba segura de que encontraría una pareja que tuviera las mismas ganas que yo de formar una familia, y le encontré, y después de 3 años intentando ser padres, los médicos descubrieron que él tenía una cromosoma de más: XXY (Síndrome de Klinefelter) y por tanto es totalmente estéril (…) Paso el tiempo y conocí a mi pareja actual. Cuando llevamos un tiempo juntos y sacamos el tema, él me confirmo que tenía unas ganas locas de ser padre, BRAVO Y VIVA que dirías tú, pero después de mucho intentarlo… detectaron que era estéril… Si, debo tener un radar…  No tiene cura y no saben ni siquiera por qué sucede.

Montse, Barcelona

La pareja

Otro elemento que arroja confusión sobre el dilema de tener o no hijos es la pareja. Cuando tú decides que sí quieres y el otro no, o a la inversa, es fácil que se confunda la decisión de procrear o no con la posibilidad de perder la relación. Además, si las dudas de una persona son difíciles de manejar, las dudas de dos se alimentan mutuamente y convierten la pareja en un  cenagal de confusión.

Ambos sentimos que ahora no queremos tener bebés. Pero con 35 años no se puede postergar la decisión mucho y no quiero decidir por omisión, por comodidad o por circunstancias (que tampoco son tan adversas). Si uno de los dos se tirara a la piscina de decidir el otro lo seguiría…pero no lo hacemos 😀

Ahora mismo estoy en plan “deja descansar el tema».

Marina, Valencia

Distingue tu indecisión de su indecisión (o de su negativa)

Decide primero si tú, por tu parte, quieres tener hijos o no. Esto no quiere decir que si sale un «sí» y él no quiere tengas que dejarle inmediatamente; solo te ayuda a separar tus deseos más profundos de las circunstancias externas.

He oído a menudo en consulta, por ejemplo, la frase «yo es que quiero tener hijos, pero solo con él, así que si él no quiere, pues me aguanto». Solo me creo esto si puedes decirme con honestidad que si tu chico se muriera mañana, no buscarías a nadie distinto para tener hijos con él y renunciarías a la maternidad porque «o con él, o con nadie». Si buscarías a otro, entonces tu decisión de tener hijos no está indisolublemente unida a tu pareja actual. 

Otra frase es «con lo difícil que me ha sido dar con este, ¿y si le dejo, no encuentro a otro y me quedo sin hijos y sin pareja?». Vale, pero eso no quiere decir que no estés inclinándote más hacia una opción que hacia otra; quiere decir que contemplas la posibilidad de renunciar a los hijos porque te compensa.

No quiero decir que estos sentimientos no sean reales. Lo que quiero decir es que una cosa es no tenerlo claro, y otra cosa es saberlo y encontrarse con obstáculos; y que confundir una cosa con la otra hará que te centres en la parte errónea del problema.

Si vas a la heladería y no sabes qué helado quieres, tienes que decidirte; si quieres el de limón, pero es más caro y no te llega el dinero, tu problema es conseguir ese dinero, no decidir el sabor de helado. Y si te dices a ti misma “en realidad igual el de limón no me gusta tanto, estoy confusa y hecha un lío” porque te da miedo buscar el dinero y no lograrlo, seguirás gastando energía en decidir cuando sería más útil emplearla en conseguir ese dinero.

Lo anterior vale también si la situación es la contraria: él tiene claro que quiere y tú no o, al menos, todavía no. Separar tus deseos de las consecuencias te ayudará a actuar de forma más consciente.

Si yo quiero y él no, ¿debería dejar la relación?

[Este apartado está escrito desde la situación que me he encontrado más a menudo en consulta: la chica quiere, o se inclina hacia el sí, y el chico no. Aun así, la mayoría se aplica igual en todas las combinaciones querer/no querer dentro de la pareja]

Me hice esta pregunta durante un año y no tengo una respuesta clara que darte. Sí que creo que hay algunos factores que pueden influir en tu decisión:

  • Tu edad: como siempre, y por desgracia, no es lo mismo tener este problema a los veinticinco que a los cuarenta. Con veinticinco, tus posibilidades de encontrar a otro y tener hijos son muy altas; con cuarenta, la opción de quedarte sin pareja y sin hijos (biológicos y genéticamente tuyos) es más real. Este factor se combina con tu apertura a otros métodos alternativos de procrear: si estás dispuesta a considerar la adopción o el uso de óvulos de donante, tu ventana de oportunidad aumenta. En ese caso, ten en cuenta que tu posible nueva pareja también tendría que estar de acuerdo con esto.
  • Cómo de seguro está tu chico de su decisión: no es lo mismo un hombre que no lo tiene claro, o que cree que sí pero no sabe cuándo, que otro que está decidido, ha pedido cita para la vasectomía y es miembro de un grupo en contra de la superpoblación del planeta. 
  • Cómo de motivado está tu chico para reflexionar sobre el tema: si tú quieres tener hijos, tu pareja no, y no tenéis hijos, estáis en la situación ideal para él y no tiene por qué cambiarla. Sobre todo, porque el coste que tiene para él esperar, desde el punto de vista biológico, es mucho menor que para ti.
  • Cuál es tu capacidad para no acumular resentimiento: renunciar a algo que deseas, y que es TAN decisivo en cómo será tu vida, tu identidad y tus experiencias futuras, puede ser una carga enorme a lo largo de los años que os quedan juntos. La relación estupenda que tienes ahora podría viciarse y no compensarte igual dentro de un tiempo.
  • Cuál sería tu reacción en los peores casos: ¿y si esperas, al final él decide que no y te quedas sin hijos? ¿Y si, además de esto, lo dejáis por otra razón que no tiene nada que ver, pero para ti es demasiado tarde y te quedas sin hijos? ¿Y si, además de lo anterior, él se va con una de veinticinco, tienen hijos y te lo encuentras paseando por el parque con su bebé esplendoroso y su fular de porteo y diciéndote que es lo mejor que le ha pasado en la vida?

    ¿Es decir «quién fuera ese bebé» MUY de perturbada?

    También puedes plantearte el peor de los casos si lo dejas: ¿y si rompes la relación, no encuentras a nadie y pierdes ambas cosas? ¿Con cuál de estos peores casos estás más cómoda? O, lo que es lo mismo, ¿qué riesgo prefieres asumir?

En mi caso, lo que me hizo decidirme a dejar a Pablo fue: mi edad (tenía treinta y uno y veía posible encontrar a otro chico y poder tener hijos propios), que él no estaba muy motivado para reflexionar sobre el tema y que notaba ya cómo el resentimiento estaba dañando mi relación hasta hacerla irreconocible. Esta fue mi decisión y no creo que sea la única válida. Solo tu puedes saber lo que te compensa.

Cambio de vida

Lo que más valoro de mi vida son mi tiempo y mi libertad, y tener un hijo, cuando no es una decisión deseada, es algo que succiona sustancialmente tanto uno como lo otro. 

Encarna, Fuentealvilla

No quiero hijos ahora, además de por mi situación económica, personal y que no tengo tiempo, quiero estos años para aprovechar el poco tiempo que tengo en hacer las cosas que me gustan y para mi crecimiento personal. Estoy aprendiendo danza aérea, voy a competir a nivel nacional en gimnasia estética, quiero estudiar idiomas, tocar la guitarra….y si ya es difícil hacerlo sin hijos, con hijos supondrían una renuncia casi total a todo esto.

Noelia, Madrid

Uno de los principales contras para tener hijos, sino el mayor, es el cambio de vida que te va a suponer. Como dice Vanessa, de Tui:

Es difícil tomar la decisión de tener hijos, porque las desventajas son muy obvias (falta de sueño, agobios, adiós a las salidas espontáneas, al sexo, a los planes de adulto, etc.) mientras que las ventajas sólo se conocen cuándo ya eres madre. Yo puedo imaginar perfectamente  lo mucho que me fastidiará renunciar a «salir de tranquis» y volver a las 5 de la mañana, o comer en restaurantes caros, o tirarme toda la tarde en el sofá viendo Netflix. Pero no soy capaz de imaginarme ese tremendo amor que sientes por los hijos y que según todos los padres es lo que te compensa de todos los sacrificios; por propia definición, sólo experimentas ese amor cuando YA eres madre. Entonces, ¿cómo puedo valorar a priori si me va a compensar?

Jean M. Twenge habla de algo parecido en su libro The Impatient Woman’s Guide to Getting Pregnant [9]:

After I had kids, I learned two important things. First, a lot of the complaints were exaggerations. Yes, having kids is a lot of work and there are downsides, but there are ways to manage them. Second, to my surprise, it really was worth it. I realized that parents have a hard time talking about the upsides of having children because those positives are so hard to put into words, and when you do you sound like a cheesy greeting card commercial (1).

[Después de tener hijos, aprendí dos cosas importantes. La primera, que muchas de las quejas eran exageraciones. Sí, tener hijos supone un montón de trabajo y hay inconvenientes, pero hay maneras de gestionarlos. Lo segundo, para mi sorpresa, sí que merecía la pena. Me di cuenta de que a los padres les cuesta hablar de los pros de tener hijos porque esas ventajas son difíciles de expresar con palabras, y cuando lo haces suenas como un anuncio cursi de tarjetas de felicitación]

Quizá el problema es enfocarlo como quien va a comprarse un libro en Amazon: queremos leer todas las reseñas y saber con seguridad si nos va a compensar o no. Es un libro que dura el resto de tu vida, que te va a costar miles de euros y que al principio no controla esfínteres, así que es lógico que te lo pienses antes de darle a «comprar con un clic». Pero no importa cuántas reseñas tengas en cuenta: al final no te queda otra que leer el libro. 

Por eso, creo que la pregunta correcta no es «¿me va a compensar?», sino: «¿cómo de bien se me da adaptarme a los cambios? ¿Cuán capaz me veo de manejar las dificultades que puedan surgir de una forma creativa y proactiva? ¿Cuál es mi actitud cuando las cosas se ponen difíciles, hay estrés o tengo que renunciar a algo que deseaba mucho?»

Si te adaptas bien a los cambios, cultivas la gratitud, solucionas problemas de forma activa y tienes una buena actitud cuando la cosa se pone chunga, da igual que tengas hijos o que no: tienes muchas posibilidades de ser feliz. También daría igual que tuvieras o no dinero, o pareja, o trabajo. Tu felicidad depende de ti y no de las circunstancias. 

Aun así, si esta respuesta te suena demasiado a «todo da igual, hazte zen y decide tirando una moneda al aire», tengo un par de suerencias para ti.

  1. Pregunta a gente que se parezca a ti y que tenga hijos (o que no los haya tenido). Pablo, por ejemplo, pasó tres semanas en Kalymnos escalando con una pareja que tenía dos hijos de uno y tres años. Compartir tiempo con ellos, ver cómo se organizaban y comprobar que su vida no se había acabado para siempre le ayudó a verse él también como padre sin perder su identidad de escalador.
    A mí, por otra parte, observar las vidas de parejas sin hijos con más edad que nosotros me ayudó a darme cuenta de que no me veía así: me generaban una tristeza difícil de explicar y me sirvió para conectar con la parte de mí que se inclinaba hacia el sí.
  2. Imagina tu vida con o sin hijos en distintos periodos. La mayoría de nosotros comparamos nuestra vida de ahora con tener bebés o niños muy pequeños; para obtener una imagen más completa, compara tu vida dentro de diez, veinte, treinta o cuarenta años, con o sin hijos. Mi amigo Anxo decía que él supo que quería ser abuelo mucho antes de estar seguro de que quería ser padre; quizá no te motive demasiado verte en diez años con dos niños aún pequeños, pero verte dentro de cuarenta organizando las navidades en casa con tus hijos y nietos te hace ilusión. Y sí, sé que nadie te garantiza que vayas a tener nietos. Tampoco te garantiza nadie que no te vayas a ir de viaje mochilero y te mates subiendo una montaña, como le pasó a Scott Dinsmore y, sin embargo, si planeas un viaje lo haces suponiendo que lo vas a pasar bien y a sobrevivir a él. Estamos hablando de probabilidades, no de seguridades. 

Logística

Tengo 35 años y llevo una temporada preguntando a todo el mundo sobre el tema, preguntándome si quiero procrear, mi pareja está como yo, a nivel económico no estamos perfectos pero no sería problema. He valorado muchas cosas, por ejemplo que la maternidad podría hacerme más dependiente económicamente de mi pareja, que él tendría que currar hasta tarde y yo estaría sola con un bebé en una ciudad en la que no tenemos familia y mi red es pequeña…Ese plan me tira para atrás a saco, debatimos la posibilidad de cambiar ese escenario (habría que ver las posibilidades reales)

Marina, Valencia

También pienso mucho en general en otros aspectos como la dificultad de la conciliación familiar y laboral (especialmente en España) y el reparto equitativo de estas “cargas” entre la pareja y la decisión de ser madre soltera y por inseminación (/adopción?) si no encuentras pareja.

Fulanita, Murcia

Pablo y yo tenemos unas circunstancias muy buenas para criar. Los dos trabajamos en casa con horarios flexibles y reducidos. Sin embargo, sé que para muchas parejas la realidad es distinta: horarios maratonianos, trabajo lejos de casa, poco apoyo familiar y sueldos justos.

Lo mejor que puedo sugerirte es que trates de buscar soluciones creativas. Entiendo que a veces esto puede resultar complicado, porque hay situaciones en las que nos queda poco margen de acción; de ahí lo de creativas. 

  • ¿Puedes reorientar tu carrera para trabajar desde casa? 
  • ¿Puedes reducir drásticamente tus gastos durante el próximo año y ahorrar para prolongar tu baja maternal? 
  • ¿Puedes mudarte a un barrio o a una ciudad más barata? 

Puesto que los problemas logísticos suelen arreglarse o mejorar sustancialmente con dinero, un buen primer paso es organizar mejor tus finanzas personales. La mayoría de nosotros no tenemos ninguna educación financiera ni experiencia llevando y respetando un presupuesto, así que hay mucho por mejorar. En mi mini-ebook gratuito «Por dónde empiezo» hay un capítulo dedicado a ese tema, por si quieres echarle un vistazo [10]. También recomiendo mucho los vídeos de Dimitri Uralov [11].

Es una lástima que la logística sea lo único que te impide hacer algo que deseas. Es como no poder emprender un gran viaje por tu trabajo o porque no tienes vacaciones suficientes: si esas son las únicas razones, merece la pena dedicar tiempo a solucionarlas. 

El problema de fondo: la incertidumbre

Cuando excavamos un poco más en las dudas comunes del Dilema Bebé, llegamos a la clave del asunto: la incertidumbre. Hay incertidumbre en no saber si tienes margen para esperar sin perder tu oportunidad de ser madre biológica; en las dudas que pueda tener tu pareja; en estar confusa acerca de tu reacción frente a los cambios; en no disponer de todas las respuestas sobre cómo te las vas a apañar. 

¿Qué puedes hacer con esta incertidumbre? En primer lugar, verla y reconocerla como lo que es. Hay incertidumbre, sí, y hagas lo que hagas (leer este artículo, preguntar a millones de personas, atrincherarte detrás de libros de maternidad o de childfreedom) seguirá ahí hasta que no te adentres con decisión por uno de los dos caminos. Y después se verá reemplazada por nuevas dudas y nuevos desafíos.

Atrasar la decisión es parte de evitar la incertidumbre: mientras te quedes en lo conocido, por mucha angustia existencial que tengas, al menos sabes lo que te espera a corto plazo. Sin embargo, la parálisis también es una elección. Lo que pasa es que es involuntaria, inconsciente y reactiva: tendrás todos los inconvenientes de elegir, porque las consecuencias acabarán llegando, pero ninguna de sus ventajas, porque avanzarás por el camino con las orejas tapadas, los ojos cerrados y cantando «lalalaaaa todavía tengo millones de oportunidades frente a míiiii».

Además de iluminar a la incertidumbre con tu linterna, ¿qué tal si te permites sentirla, sentarte con ella, permitir que esté ahí contigo? No es tan terrible. Está compuesta de sensaciones físicas y de pensamientos. Quizá se parezca a un nudo en el estómago o a muchas frases que empiezan por «y si» (¿y si espero un poco y me quedo sin óvulos? ¿Y si me toca un niño cabrón y me cae mal? ¿Y si me arrepiento?). Sea lo que sea, solo son sensaciones: como tu ropa sobre tu piel, el aire de la habitación en tu cara o los sonidos que cruzan tu habitación ahora mismo; y solo son trocitos de lenguaje, letras y palabras a los que les estás dando un significado. Deja que estén ahí sin luchar con ellos.

Por último, trata de conectar con la Fabulosidad Intrínseca del Mundo, o FIM. La FIM es una corriente subterránea de maravilla existencial que siempre está ahí: perteneces a la especie humana, estás leyendo en tu casa (o por ahí) esto que he escrito yo en nuestro piso de Gijón, a cientos o miles de kilómetros de distancia. Eres buena persona y lo haces lo mejor que puedes. Pase lo que pase, elijas lo que elijas, la vida va a seguir repleta de FIM y tú la vas a tener ahí, a tu alcance. El futuro no tiene por qué ser más aterrador que el presente. Solo lo parece: por eso las pelis sobre el futuro nos inquietan, y en realidad el presente una vez fue futuro y no está tan mal. Podrás lidiar con cualquier decisión, pero para ello es necesario que avances.

Lo dice Camarón mejor que tú y que yo

Otras reflexiones sobre el Dilema Bebé

Quiero terminar esta sección con algunas conclusiones finales, que han ido apareciendo a lo largo del artículo pero sobre las que merece la pena insistir.

Uno: tener hijos es irracional (no tenerlos también)

Puesto que no puedes poner en una balanza los pros y los contras reales, es imposible que tu decisión definitiva sea racional. Lo bueno de esto es que te saca de la trampa de buscar un resultado «correcto». Mientras sigas creyendo que puedes decidir con tu cerebro, seguirás atascada en listas interminables de pros y contras que no te van a dar ninguna respuesta clara. Asumir que vas a tener que tomar la decisión con incertidumbres y claroscuros te libera para seguir a tu intuición.

El siguiente mail resume perfectamente lo que pienso al respecto:

Hoy en día parece que tienes que tener muy claros tus motivos para querer tener hijos, y además tienes que tener los motivos adecuados, si no serás una persona egoísta, o inconsciente, o sin norte. Y no sé, pienso que hasta hace bien poco, tener hijos era algo que difícilmente podías evitar si tenías relaciones, así que mucha reflexión previa no había. Y ahora te piden que construyas un discurso racional al respecto. Y yo digo, es que quiero tener una familia. Por lo que sea, eso es lo que se dibuja en mi mente cuando pienso en mi futuro con J. No quiero ser madre yo sola, quiero una familia: papá, mamá, hijo. «¿Y tú sabes el trabajo que dan? ¿Y que tu vida no volverá a ser la misma?» Y yo me pregunto que porqué la gente piensa en las responsabilidades o ataduras como algo inherentemente negativo, y que la vida sin ataduras ni responsabilidades puede llegar a ser un gran vacío donde cabe sólo una persona. Y claro que no sé lo que te puede cambiar la vida tener una criatura, porque nadie lo sabe de verdad hasta que le pasa, eso es así. 

Y que seguro que hay motivaciones egoístas, o algo insanas. Puede, pero yo sólo les daría importancia si llegan a ser patológicas o si interfieren negativamente en la crianza. Todos tenemos nuestro lado oscuro, y no por eso vamos a dejar de vivir, ¿no?

Carmen, Madrid

Dos: los valores ayudan

Ya que esto es una apuesta, encuentra la forma de apostar a caballo ganador. Para eso, puedes preguntarte: ¿qué voy a sacar, sí o sí, de la experiencia de la maternidad/no maternidad? O, dicho en lenguaje de ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso), que como sabes es la religión de este blog: ¿con qué valores importantes para mí se alinea la maternidad/no maternidad?

En mi caso, sé que pase lo que pase voy a aprender, que extenderé mi zona de confort, que tendré que lidiar con más caos e incertidumbre y que podré practicar alguna cualidades que me interesan, como la paciencia o la renuncia. Me consuela saber que lo único que espero sacar de la experiencia no es placer o sensaciones agradables, que pueden venir o no venir. Ver la maternidad como un camino en el que creceré como persona pase lo que pase me ayuda a sentirme más segura de mi decisión.

En realidad, sé que también crecería si no fuera madre, así que llevado al extremo, un enfoque basado en valores te lleva a concluir que puedes llevar una vida satisfactoria pase lo que pase. ¿No es fantástico? 

Tres: tu felicidad con el resultado no va a depender de lo claro que lo tengas antes

La claridad no te va a inmunizar de las dificultades ni te va a convertir en una persona distinta a la que eres ahora. Una vez que tomes la decisión, sigue habiendo un bebé real con el que lidiar, o un no-bebé al que adaptarse, y tu bienestar va a depender de que controles lo controlable y trabajes en tu actitud.

Tus dudas son una oportunidad para que aprendas, te informes y te enfrentes a la siguiente etapa de tu vida con los ojos lo más abiertos posible. No son una marca de lo mala madre que vas a ser o de lo infeliz que te vas a sentir cuando a los cincuenta se cierre del todo tu ventana fértil. Puedes avanzar teniendo dudas y, de hecho, es la única forma de hacerlo: resulta inevitable que una parte de ti siga pensando si escogió el mejor camino, pero sí depende de ti no dejar que esa parte domine tu vida. En lugar de eso, ¿qué tal si la llevas contigo, como una emisora de radio que no te gusta demasiado, pero que no te impide avanzar?

¡Esto es todo, lector-barrita-a! Espero que este artículo te haya sido útil. Me encantaría que comentes y me cuentes qué opinas. ¿Has tomado ya tu decisión? ¿Cuáles son tus razones? Si aún no lo tienes claro, ¿qué te hace dudar?

Referencias y enlaces (o algo parecido)

[1] Me encantaría poder darte la referencia de este dato, pero no recuerdo dónde lo leí. Si la encuentras tú, avísame y la añado.

[2] Cinta aislante para padres, de Vicki Hoefle.

[3] Puedes saber más sobre mi historia de amor con la escalada en este post: Cambia tus hábitos cambiando tu historia.

[4] www.cosasqmepasan.com (Esta vez juro que he dedicado un buen rato a buscar el post concreto en que leí esa cita, pero no lo encuentro. ¡Agito frente a ti mi comodín del embarazo y reclamo el derecho a la pereza y la inexactitud!)

[5] Súper blog de mi adorada Penelope.

[6] Un post que escribí sobre el tema: No compares tu interior con el exterior de otros.

[7] How long can you wait to have a baby?

[8] Taking Charge of your Fertility, de Toni Weschler.

[9] Twenge, Jean M.: The Impatient Woman’s Guide to Getting Pregnant (pp. 195-196). Atria Books. Edición de Kindle.

[10] Suscríbete aquí y te mando el libro.

[11] Web de Dimitri Uralov.

Fuente de las imágenes:

  • Pregzilla.
  • El Maromo Porteador ha salido, se supone, de este Tumblr, pero no lo encuentro. No es culpa mía si los enlaces de Pinterest son incomprensibles. Oh, Dios, ya estoy empezando a hacer cosas de madre y a quedarme atrás en la tecnología.
  • La de Sarah Andersen es de Sarah Andersen.
  • El resto son memes que he encontrado por ahí. Si alguno de ellos es tuyo y quieres que te cite, contacta conmigo y lo haré cuanto antes.

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28 Responses to El Dilema Bebé: ¿cómo decidir si quieres tener hijos?

  1. Elena agosto 2, 2018 at 9:45 am #

    Me ha encantado, me ha hecho reflexionar sobre aspectos que nunca había contemplado…

    Podría plantearte una cuestión… Qué opinas sobre ser madre soltera? Tengo 36 años y medio, y no tengo novio. Quisiera ser madre sin duda alguna, pero la maternidad en solitario me da miedo, y me ronda la duda de si no es una decisión algo egoísta, algunas personas me han dicho que no tener padre podría marcar el desarrollo emocional de un niño, que es una figura imprescindible, y cosas así…

    Así que no sé si esperar algún año más a ver si aparece un “maromo” que encaje conmigo (con lo “neurotiquilla” y difícil que soy…!), en el mejor de los casos sería madre con casi 39 años, muy lejos del ser madre joven que siempre ha existido en mi cabeza 🙁

    Crees que es tan imprescindible la figura paterna?

    Crees que esto podría ser un buen tema para un nuevo post? 🙂 🙂 🙂

    Muchas gracias de antemano por cualquier comentario! 🙂

    Un abrazo

    • Carmen agosto 3, 2018 at 4:39 pm #

      Hola Elena!!
      la verdad es que yo es la primera vez que me atrevo a escribir a alguien “no conocido” aunque aquí parece ser que somos como una gran familia. Yo tengo 34 años y no tengo pareja y la verdad es que estoy súper bien y me niego a buscar a una persona para compartir una familia. Puede que suene un poco brusco el decirlo así pero…¿ quien te garantiza que tenerlo con un príncipe soñado no vaya a ser una mala decisión?
      Pueden ocurrir muchas cosas, que os separéis, que le ocurra algo malo, que se vaya
      Hay muchas parejas que no acaban bien y después es mucho más traumático para el/los/la/las Niñas/os/a/o.
      Por eso y por muchas cosas he intentado dejar de pensar tanto, de cargar con una mochila que analiza constantemente todo y desde el interior decidir si yo quiero tener un hijo y si la respuesta es si, tenerlo, aunque sea sola ( sola sin acento porque significa soledad*) porque después ya llegará alguien si tiene que llegar o no llegará nadie, pero nunca te van a garantizar absolutamente nada.

      Comento todo esto desde el respeto y el amor profundo eh!! que conste en acta por favor
      * no me gusta poner la palabra sola ( soledad) porque me produce tristeza, no se tienen hijos solas porque existe vida ahí afuera y desde luego se va a necesitar ayuda. Los niños de madres solteras no tienen absolutamente ningún problema más ni menos que un niño de una familia con mamá y papá. Vivimos en comunidad y las puertas yo creo que se abren porque tu también las abres porque es algo inevitable y porque cuando llega un problema, buscas soluciones y por supuesto … las encuentras! 🙂

      • Elena agosto 7, 2018 at 9:03 am #

        Hola Carmen!

        Qué generosa que me des tus consejos, cuánto te lo agradezco!

        Muchos días pienso lo mismísimo que dices: quién garantiza que teniéndolo con un hombre vaya a ser mejor, que no te vayas a separar en un futuro, u ocurran tantas posibles cosas…

        Después ya llegará alguien si tiene que llegar… Así es… Tus palabras son mis pensamientos en los días en los que estoy más valiente con este tema…

        Quizás espere un poquito más, no mucho que sé la importancia de la edad para la fertilidad, claro…

        Muchísimas gracias por tus palabras de ánimo y fraternidad 🙂

        un abrazo

    • Marina agosto 4, 2018 at 9:27 am #

      Hola, Elena:

      No sé suficiente sobre ese tema como para darte una opinión, pero puedo darte el enlace de una asociación de madres solteras por elección donde podrás informarte y encontrar a gente que está en ese camino para conocer sus experiencias ? http://www.madressolterasporeleccion.org

      Espero que te sirva. Abrazos,

      Marina

      • Elena agosto 7, 2018 at 9:06 am #

        Hola Marina!

        Pertenezco ya a ese foro, voy leyéndoles! Claro, son temas tan diferentes que es difícil opinar…

        Muchísimas gracias por tu ayuda…

        Eres genial, cuídate mucho y cuida mucho la tripita 🙂

        un abrazo, Elena

  2. Cigi agosto 2, 2018 at 10:28 am #

    Me ha gustado mucho cuando mencionas cómo tener a Kalimera fué un factor más que influyó en tu deseo de ser madre, porque yo siempre estoy comparando el tener gatos con tener hijos y la gente me mira como si estuviese loca. Que si, QUE SI, que evidentemente no es lo mismo, pero qué quieres que te diga, yo se lo que es renunciar a la comodidad propia en beneficio del bienestar de mis gatos mucho antes de que ninguno de mis amigos se decidiese a tener churumbeles y descubrir con horror que tenían que adaptarse a sus necesidades.

    Este año cumplo 40, ya sé que voy muy tarde, pero hasta hace relativamente poco no tenía con quién formar una familia. Llevamos poco tiempo intentándolo, pero la verdad es que tu artículo me ha convencido de que tengo que implicarme más en el proceso y no dejarlo todo a la suerte. Así que: GRACIAS.

    Un beso Marina
    (Muéstranos una foto actual, queremos ver la sandía!!!)

    PD: ¿no os da miedo Amazon/Google/Inteligencias artificiales varias?

  3. Thers agosto 2, 2018 at 11:28 am #

    Te he leído casi hasta el final.

    Se nota tu parte de psicóloga.

    Felicidades por tu embarazo por esa niña que es un milagro de la vida, con un bello nombre Alina…

    A veces, muchas, en la vida no hay que analizar todo tanto, no suele ser muy saludable?

    En mi caso, cinco hijos, un aborto. Una carrera empresarial, dos maridos, algún amante, Ja jaja. Cambiar de rumbo muchas veces… y seguir en la vida.

    Disfruta de vivir, de ese regalo que viene en camino, de ese saber apreciar que estamos de paso, y tú que conoces Vipassana, lo sabes. Lo difícil es aplicar las cosas, aceptarlas y continuar.

    Estar en esta vida es tener momentos de felicidad, más o menos.

    Los recuerdos de nacimiento de mis hijos, están cargados de amor infinito, de ese olor tan especial que tienen los bebés.

    Tener hijos puede verse con muchos matices, colores. Esta época pasará y quizás llegue un momento que estarás nuevamente sola, sin pareja, sin hijos, por ello algo a tener en cuenta es vivir este espacio tiempo con todos los sentidos, eso sí, nunca te olvides de ti.

    Un abrazo. Mis mejores deseos para ti?

    • Marina agosto 2, 2018 at 11:58 am #

      Hola, Thers:

      Muchas gracias por tus buenos deseos 🙂 Me alegro de que te guste el nombre, aunque te baila una letra: es Alana, no Alina. Pero bueno, es que es un nombre un poco raro.

      Sobre lo de analizar: el problema de la mayoría de la gente es que no analizamos: rumiamos. Damos vueltas una y otra vez sin llegar a conclusiones ni pasar a la acción. Creo que tratar de analizar de forma productiva y racional las decisiones, hasta cierto punto, puede ser muy útil. Por supuesto, llega un momento en que es necesario abandonar la expectativa de controlarlo todo y lanzarse.

      Un abrazo!

      Marina

      • Thers agosto 2, 2018 at 12:35 pm #

        Marina, estoy de acuerdo, hasta cierto tiempo.

        Disculpa por el nombre, Alina sigue siendo bello. Me gustan los nombres raros.

        Parece que el mensaje salió dos veces, si puedes borralo.

        Gracias por tus escritos.

        Un abrazo fresquito.

  4. Li agosto 2, 2018 at 12:03 pm #

    Pensaba dejar el post para más tarde, pero me ha podido la curiosidad y lo he leído del principio al final y de del final al principio, dos veces. Me encanta cómo escribes y hace tiempo que te leo, pero creo que he estado esperando este post tuyo desde el principio. Puedes darte por satisfecha, has conseguido iluminarme.

    Te hubiese escrito un email, pero creo que mi comentario puede servir a muchos más lectores. Hace 4 meses terminé una relación de año y medio con el hombre al que más he querido nunca, porque él ni siquiera quería irse a vivir conmigo. Estuve 6 meses esperando e insistiendo, imagínate lo que hubiese tardado en convencerle para tener hijos. Finalmente acepté que tiene un miedo patológico al compromiso, muchos problemas de base por resolver, y que aunque duela admitirlo, no me quiere lo suficiente. De lo único que estoy segura ahora es de que si le hubiese forzado o hubiese dejado mi deseo de lado, jamás hubiésemos podido ser felices juntos, ahora al menos ambos tenemos una posibilidad.

    Cuando todo terminó sabía que si no era con él, no quería que fuese con nadie. Tengo 36 años y a mis padres en Argentina, desde donde me apoyan. Durante este proceso, que empezó incluso antes de dejarle, he encontrado respuesta a muchas preguntas. Ahora sé para qué he ahorrado tanto todos estos años y por qué dejé un trabajo de horarios maratonianos por uno en el que me pagan menos pero donde valoran la conciliación familiar y apoyan a las mujeres que son madres. Soy una mujer muy afortunada, no se puede ser afortunada en todo, así como no pueden servirte en un helado de todos los sabores que te gustan, pero puedes saborear al menos dos o tres, si tienes suerte.

    En octubre me haré un tratamiento de inseminación artificial natural (por la seguridad social) y a partir de ahí empezará (crucemos los dedos) un nuevo capítulo en mi vida. Estoy triste porque jamás me imaginé que iba a acabar haciendo esto sola, pero también feliz por haber aprendido a aceptar que en la vida las cosas no siempre salen como las planeas y aún así puedes cumplir tus sueños. La aceptación será la primera de las enseñanzas de la que seguro acabará siendo una larga lista. A todos aquellos que me dicen que ya no podré salir de fiesta, hacer grandes viajes o volver a dormir, darles las gracias y recordarles que llevo haciendo sólo eso desde que me fui de casa muy jovencita. No me preguntes por qué, solo se que entre tantos miedos, tengo la seguridad de que todo saldrá bien.

    En breve empezaré mi propio proyecto para contar mi experiencia y compartirla, soy consciente de que hoy en día no estoy sola y son miles las mujeres que enfrentamos la maternidad en solitario, la sociedad debería preguntarse por qué. Espero contar algún día con alguno de tus fantásticos artículos en mi blog. En esta tormenta de sensaciones y sentimientos aún hay lugar para la esperanza y espero algún día encontrar un hombre que quiera acompañar a mi pequeña futura familia en esta aventura que es la vida. De momento seguiré adelante, sin miedo sola.

    • Marina agosto 4, 2018 at 9:24 am #

      Gracias por contarnos tu experiencia, Li. Me alegra que estés mirando esta experiencia desde la aceptación y la gratitud por las cosas que sí puedes hacer. Te deseo lo mejor y me encantaría que me avises cuando empieces tu blog para seguir tu camino. Un fuerte abrazo,

      Marina

    • Rosana agosto 9, 2018 at 9:44 pm #

      Me ha resultado inspiradora tu historia. Gracias por compartirla aquí. Sería fantástico que la sociedad no fuera cada vez tan individualista y que el plantearse tener niños “sola” fuera en sí mismo un oximoron.

      Mucha suerte en esta nueva etapa.

    • Elena agosto 13, 2018 at 8:22 am #

      Hola Li,

      Te mando mucho ánimo para el proceso de inseminación, y para esta nueva etapa en tu vida!

      Yo estoy en una situación similar a la tuya, planteándome la inseminación. Una parte de mí se resiste a tirar la toalla de encontrar a alguien, y la otra me recuerda el paso del tiempo y que debería empezar a ponerme a ello.

      Si tienes pensado escribir un blog, ya tienes una seguidora más, informa porfa de cuál es tu blog! 🙂

      un abrazo, Elena

  5. Marina agosto 2, 2018 at 12:40 pm #

    Muchas gracias Marina por este artículo tan extenso que me voy a releer varias veces. 😉

    “Es una lástima que la logística sea lo único que te impide hacer algo que deseas. Es como no poder emprender un gran viaje por tu trabajo o porque no tienes vacaciones suficientes: si esas son las únicas razones, merece la pena dedicar tiempo a solucionarlas”

    La verdad es que creo que la logística es lo que me raya mucho, eso y la dependencia de los bebés los primeros meses y el parto. No es que no me gusten los bebés, pero tampoco me apasionan y esos primeros meses en los que tienes que ser mamífera me dan pereza-miedo. Sin embargo sí me imagino compartiendo crianza, compartiendo mi vida con niñas, con mis sobris y mis hijas (sí, siempre he pensado en femenino) con mis padres siendo abuelos y creciendo con mi familia como lo hicieron ellos. Me interesa.
    Os comparto a viñeta de Flavita Banana que viene al caso:

    https://www.instagram.com/p/Bl5sCzGlUyB/?hl=es&taken-by=flavitabanana

    Aquí, Marina de Valencia, que parece que está cambiando de dudar si tener hijos o no, a buscar la manera de que la logística del asunto acompañe más. Es una cuestión que ya habíamos hablado mi pareja y yo, pero parece que se va perfilando. “Ja vorem” pero al menos es liberador plantearse opciones y no simplemente asumir que los primeros años, sobretodo el primero, de crianza son un “sacrificio”

    Saludos a todas.

    • Marina agosto 2, 2018 at 12:42 pm #

      Oooh, y otro reto será dejar de rumiar y decidirse 😀

  6. Jorge agosto 2, 2018 at 12:49 pm #

    ¿Qué era lo que decía George Clooney? Cuando se me pasa por la cabeza tener hijos, voy de visita a la casa de mi amigo Brad (Pitt). Y ahora es padre de mellizos. Si hasta George puede sucumbir…
    Un post reflexivo y valiente, Marina.
    Enhorabuena por tu inminente maternidad.

  7. Carla Martínez agosto 2, 2018 at 12:55 pm #

    Me ha encantado!
    No me identifico tanto porque mi viaje con la maternidad fue re diferente. A mí de adolescente me dijeron que yo no podría ser mamá…que era inútil intentarlo, que mi útero no servía. Como mi relación con mi madre había sido terrible, me mataba la idea de no tener otra oportunidad de intentar la relación madre-hijos. Me casé a los 19 y nunca me cuidé…y nada. Y de pronto, a los 25… embarazo, gemelar, parto prematuro, uno de ellos falleció. Y ese día sentí que yo no sabía nada de la vida. El día que mi superviviente estuvo en mis brazos, me sentí viva. Fuerte. Conectada realmente con el mundo. No sé si fue la maternidad o la intensidad de lo que habíamos vivido juntos. Con él no dormía de fascinación: él dormía plácidamente, y yo lo contemplaba. No podía creer que estuviera vivo. Y sigue vivo, y ya va a cumplir 14 años. Juntos hemos viajado por el mundo, soportamos el divorcio entre su papá y yo. Desde que él está en mi vida, terminé mi carrera, mejoré mi vida laboral y me mudé de país. Recibimos a su hermano, juntos. Y él me apoyó cuando me volví a casar. Hoy tengo una cuarta nena, hermosa…Y jamás tuve tiempo de arrepentirme o pensar. Pero lo he vivido a full. Ahora que mi hijo mayor es adolescente, leemos juntos, discutimos y escuchamos música. Lo he pasado genial siendo mamá. No tomé la decisión de empezar este camino, pero sí de seguirlo. Y me encanta.
    Estoy 100% segura de que aprenderás muchísimo con Alana, tal y como has aprendido con Pablo y con tus gatas.
    Bienvenida al baile, ahora…a bailar <3
    Disfruta la fiesta.

  8. María agosto 2, 2018 at 4:44 pm #

    A mí también me ha encantado tu post, Marina.
    Te sigo desde hace mucho y nunca me había decido a publicarte un comentario hasta hoy. Ojalá hubiera tenido un compendio como este sobre el Dilema Bebé antes, porque literatura hay mucha, pero así clarita, práctica, punto a punto, muy poca.

    Me siento muy identificada con tu historia (las dudas, ¡la pareja!, las circunstancias vitales, gata tricolor incluida…), pero mi final es distinto al tuyo. Yo tengo que pasar por el “duelo” de no poder ser madre ya, salvo un milagro que, para qué engañarme, no va a llegar después de nueve años esperándole y la edad que actualmente tengo.

    (Me encantaría que, si te apetece algún día, escribieras algo sobre cómo aceptar –no hablo de resignarse, esto es más o menos fácil– las cosas que vienen y que uno ni busca, ni quiere, ni espera; cuando vienen mal dadas, vamos.)

    Os deseo lo mejor a los tres y a tus gatitas, que disfrutes mucho de la recta final del embarazo, del parto y de todo lo demás.

    Gracias por tu blog. Es una maravilla 😀

    • Marina agosto 4, 2018 at 9:28 am #

      Muchas gracias por tus buenos deseos, María. Lamento que tu final no haya sido el que deseabas y sí, me apunto ese tema de “qué hacer cuando vienen mal dadas”, porque sin duda es muy interesante. Te mando un fuerte abrazo,

      Marina

  9. Noelia Castro agosto 2, 2018 at 5:53 pm #

    Después de no se cuánto tiempo por primera vez dejo un comentario! Y sentí que simplemente lo merecías por lo trabajado e informativo que es este artículo.

    Soy una veinteañera que en este momento de su vida está segura de que no quiere niños, pero que está abierta a la posibilidad de que esa postura pueda cambiar o no. Como bien dices, nos pasa que nos creemos saberlo todo, que nuestra postura seguirá firme para siempre, pero como todo en la vida, descubres que hay cosas nuevas que no te habías parado a reflexionar y es ese fascinante proceso de crecer lo que hace especial la vida.

    Disfruté muchísimo con cada punto que tocaste porque permitió que le dieras varios enfoques y no el típico que encuentras en los blogs de maternidad/no maternidad. Me gusta que cuentes esas cosas que “no te dicen“, desde una perspectiva tan personal y sincera y eso es lo que te hace único este post. Siento que ahora más que nunca hay más mujeres que se paran a pensar acerca del tema a diferencia de “aceptar y dejarse llevar“ como era años atrás.

    Jamás pensé que estarías dispuesta a renunciar a tu relación por este nuevo objetivo que tenías en tu vida, pero me alegra tanto saber que pese a todo, eres fiel a ti; porque al final es lo único que tenemos: ni la pareja, ni los hijos… se nace solo y se muere solo y eres tu quien se quedará con la satisfacción de que cada paso que diste va en coherencia con tus pensamientos, palabras y acciones. :3

    Mis mejores deseos para ti en esta nueva etapa y aunque pareciera una más de la lista de suscripción que nunca lee nada xD leo tus post como quien conversa a través de cartas con una amiga que te cuenta sus experiencias.

    Un fuerte abrazo para los 3
    Noelia, Perú

  10. Rocio agosto 2, 2018 at 8:41 pm #

    Como siempre, tus artículos tienen esa capacidad de demostrarnos que lo que creemos que es un drama personal en realidad, es algo que nos pasa a todos (o a muchos!!) y que no es tan grave, sólo que hay que actuar al respecto.

    Yo tengo 27, y estoy entrando en esa etapa en la que me siento ultra joven a veces y otras pienso “tampoco tengo toooda la vida por delante…”

    Tengo un novio, una casa y una gata y todo es hermoso, y no quiero hijos ahora ahora (digamos, este año), pero empiezo a tener un montón de dudas. ¿Hasta cuándo voy a esperar? ¿Para qué? ¿Y si mi novio se enamora de otra y me deja sin hijos mientras me decido? ¿Y si termino siendo una “solterona” de 35 desesperada por encontrar un hombre que quiera tener hijos conmigo? ¿Y si las pastillas anticonceptivas me están arruinando el sistema reproductor?

    Sumado a eso, siento esa especie de vacío existencial que mencionás en el post. Ya llegué a donde quería… ¿Y ahora qué? ¿Tan aburrido era?

    La yapa es que las veces que he querido tocar el tema, recibo exactamente esa respuesta “ya veremos” (será algo cultural de los argentinos? xD)

    Esta nota me ha hecho pensar mucho, y creo que uno de los primeros pasos que daré será dejar los anticonceptivos hormonales. Al menos, podré estar más en sintonía con mi ciclo, mis hormonas y también dejo de meter químicos rigurosamente a mi cuerpo… (claro que no de inmediato, pero será el primer paso jaja)

    Veremos qué pasa, pero como siempre, un placer leerte !!

    • Rosana agosto 9, 2018 at 9:15 pm #

      Hola Rocío, tengo 36 años y estoy soltera y sin ningún atisbo a corto plazo de que cambie. La verdad es que tampoco busco que cambie ¿Me convierte eso en una “solterona” y todo lo que entiendo de negativo que conlleva eso para ti?

      Lo siento, pero necesitaba decirlo. Cuánto daño nos hacemos con estas (perdón) mierdas inconscientemente.

      Y sabes, según qué cosas también pueden herir a otras personas, porque aunque yo no me considere solterona, y me aberra el término (más aún lo de terminar muriendo sola comida por gatos, algo que parece que sólo puede pasarle a una solterona), lo cierto es que vivo en sociedad y la opinión que tenga la gente de ciertas cosas, ineludiblemente afectan.

      Lo digo como invitación a la reflexión. No es un ataque y espero que no se lea como tal.

  11. Sara agosto 3, 2018 at 6:56 am #

    Hola Marina, me ha gustado mucho este post y me he visto un poco (bueno, bastante, la verdad) representada.

    En mi caso, la persona a convencer era yo, mi chico estuvo dos años hablando conmigo el tema, él manifestó desde ese momento que quería y lo le expresé mis dudas, sabía que en cierto modo sí que quería (pero aún así, lo veía como un futuro MUY lejano) pero tenía muchas dudas y muchos miedos. El que lo hablásemos tanto, y tantas veces, me ayudó mucho. Y en gran parte cambié de opinión, por varios de los puntos que has comentado, creo que pasé por casi todos los que pasaste tú, el tema de la edad, el ver parejas sin hijos y no terminar de “verme” así…. Mi mayor freno era el temor a perder “mi vida tal y como la conocía”, perder mi identidad, mi trabajo, mi salud… pero ahora que estoy metida de lleno (de 9 semanas) mi visión es más relajada, de…bueno, pues si vienen cambios, ya nos adaptaremos a ellos. Como bien has dicho, al final es tomarte la decisión como una apuesta, en la que no sabes qué resultado habrá.

    Lo mismo cuando esté todo más cerca estoy más atacada… pero por ahora, a disfrutar el viaje y los cambios que suponen.

    Ha sido un placer leerte

  12. Marco agosto 3, 2018 at 4:12 pm #

    Hola Marina,
    soy fan de tu honestidad y de los incontables intangibles que regalas.
    Gracias.
    Voy contra reloj con mucho por entregar justo hoy, pero esto me parece vital: Hay velos que nos impiden ver realidades cada vez más profundas. Tu eres una mujer sensacional igual que Pablo. Quiero que se mantengan siempre responsables y nunca caigan en el ‘esquema víctima’.

    Por favor dale una ojeada a la obra de Esther Vilar (también argentina formada en Alemania) particularmente a su libro El varón domado. Fue escrito en 1971, con un lenguaje de lo más beligerante y provocador como respuesta a un feminismo casi de estado, en el que hoy estamos inmersos. Si puedes no ‘sentirte ofendida’ y adentrarte un poco verás a lo que me refiero.

    La autora fue blanco de ataques de muchos ataques, que como ella misma dice, no se hubiera imaginado, y fue gracias a esta ingenuidad que escribió como lo hizo.
    A mi me pareces una persona de una valentía parecida y con un hambre por la verdad, por lo que me atrevo a sugerirte.
    La propuesta o conjetura al final -nunca la polarización- es que la única vía es la responsabilidad, para desde ahí, construir o desarrollar lo que anhelemos, y porqué no, ser felices.

    Te dejo aquí una liga.
    Te bendigo a ti, a tu familia y a tus generaciones futuras
    Marco

    https://docs.google.com/file/d/0B03wpsYDfyLVLXpuQ3JSMGRaQk0/view

  13. Almudena agosto 4, 2018 at 10:38 am #

    Hola Marina! gracias por tu post, es maravilloso, sincero, cuidado…
    Yo tengo 30 años, soy de Sevilla, así que entiendo muy bien tu punto de vista.
    Mi opinión es que el tema de los hijos no es racional. Es simplemente una energía creativa que se materializa en ese aspecto o no.

    Es como decidir si se va a sentir pasión por componer música, escribir un libro, emprender etc.
    Yo por mi parte aún no lo he sentido ni sé si lo sentiré, pero he visto casos de cerca que me han hecho pensar así.

    Un abrazo y te deseo lo mejor para Alana, Pablo y tu, resplandeciente mamá escritora!

  14. Rosana agosto 9, 2018 at 9:07 pm #

    Es curioso Marina como desde fuera una persona puede llegar a percibir con más claridad lo que desde dentro resulta difícil de ver. Los puntos muertos, como los retrovisores del coche. Puesto que has hablado tanto de tu vida, me tomo la libertad de comentarte que cuando en el pasado he leído tu radicalidad a no ser madre (radicalidad en cuanto a tener clarisisisisisisisimo de no tener niños, no de quemar bebés), que para mí resultaba obvio (*momento pedante on*) que no era así. Creo que es por lo demás que contabas y que ahí había algo que no cuadraba nada. Como dos discursos o formas de ser que coexistían pero que eran mutuamente excluyentes. No sé si me explico.

    Yo, como mujer de 36 años en los que he pasado mi adolescencia y vida adulta jóven sobreviviendo con técnicas varias para hacer frente a una familia bastante disfuncional, siendo juan palomo, está claro que mi cuerpo no me ha pedido niños ni de lejos. Vamos, es que por no pedir, no me pide sexo. La naturaleza es sabia, si no pide es porque no puede. Pero sí que me queda la duda, de cómo hubiera sido, de haber tenido apoyo en una época de crecimiento en la que la necesitas (porque, si no la tienes, puedes tirar de cabezonería, pero lo cierto es que etás más expuesta a las putadas de la vida). ¿tendría yo ganas de ser madre? ¿podría ser realmente madre?

    Físicamente necesito mucho descanso, hacer mucho deporte, no soporto el ruido y necesito ciertas rutinas que me dan estabilidad en lo que sino puede convertirse en un suspiro en un caos. Los niños por definición son caos. En mi caso concreto veo difícil llevar las exigencias físicas que conlleva tener niños. Aunque, a diferencia de a ti, a mí siempre me han gustado los niños. Me llevo súper bien con ellos (aunque, lo de jugar a familias y a muñecas, cosa más aburrida por dios!!!! 😛 😛 yo de pequeña exploradora o muñecas patinadoras, con caravanas etc :-D, bebés poquitos).

    Realmente en esta sociedad hecho en falta un diálogo más abierto, honesto y profundo acerca de la maternidad. En los dos sentidos. Y alejándose de posturas extremas, que en realidad es más el defender con uñas y dientas el cacho de parcela que crees tener que defender (no sé por qué se me viene a la mente una playa en agosto y buscar sitio). Pero esto como todo, enciende pasiones, porque unos creen que otros creen, otros necesitan creer para no caer y así. Y bueno, mejor ni hablamos de roles vetustos y de términos violentos hacia la mujer: “sino eres madre eres menos mujer”, “egoista”, “solterona”.

    En fin, en general me da una grima horripilante que se banalice con opciones que tienen cosas buenas y malas y que al final depende de valores de cada uno, de estilos de vida, de experiencias y posibilidades personales, etc

    Por cierto, ¡Enhorabuena!

  15. Rosana agosto 9, 2018 at 9:08 pm #

    me duele ese hecho. *****grima****

  16. Rosana agosto 9, 2018 at 10:53 pm #

    Bien, me lo he leído ya entero y de forma pausada y no en plan escáner. Hay muchos puntos que me han parecido interesantes y que he pensado, ah, eso lo vo ya comentar. Como tengo memoria de pez, no soy capaz de recordar ni uno, pero me quedo con el importante: vuelve a reelerlo y apunta aquello sobre lo que quieras seguir pensando o en qué hay en ellos que te han hecho sentir lo que te han hecho sentir.

    Debo decir, que la sensación global con la que me quedo al leer este detallado post, es de una tristeza casi existencial y que tendré que explorar y sacar las diferentes capas de qué hay realmente detrás. Tranquila, ella y yo somos bastante amigas, o al menos, nos toleramos. Me ha resultado relevante que te produjera esta tristeza cuando veías a parejas más mayores sin hijos. Es curioso, a mí me lo provocan las parejas con hijos. Pero no porque tengan hijos. Creo que es porque me siento rechazada, abandonada y de repente se activa una parte de mí muy animal y que se pone en plan: buscar novio, buscar novio y todo lo demás.

    Y ahí es donde viene el marrón bueno. En mi vida he buscado con ansia ese amor porque sentía que sólo esa podría llenar ese agujero enorme que te produce el sentirte rechazada en tu casa. Eso es súper peligroso, claro. Pero es que la opción contraria, quedarme SOLA, me aterraba.

    En los últimos tiempos y con varios años más, y aprendiendo a quererme, y llevar un duelo por mi vida no vivida, me da miedo quedarme fuera del equipo. ¿Dónde pertenezco yo? No me siento identificada con las posturas extremas de este tema, porque por un lado soy una persona súper hogareña y familiar (de ahí la pena, porque no lo he tenido) pero no considero a una persona adulta vs bebé menos zona de confort, o X. No sé cómo explicarlo para que se entienda. Lo que creo que intento decir es que una familia es más que una pareja e hijos, puede ser la gente que metes y se dejan meter en tu vida y que tiene una visión de las relaciones, de la cercanía parecida a la tuya. Pero soy realista, y lo cierto es que mi visión es poco compartida y que la vida ocurre y es frenética. Para mí, realmente la opción “fácil” sería tener pareja e hijos, pero lo cierto es que me produce bastante rechazo. Y la otra opción literalmente me caga de miedo.

    La cosa aquí es descubrir dónde está el miedo metido, de qué forma y es difícil porque como bien dices, no creo que sea una decisión racional. Igual que te gusta un color que otro, hay cosas que son así o asá y no tienes porque escribir una tesis al respecto. Comparto la visión de familia, me veo con familia. Pero si la perfilo como la familia al uso, desaparece la pintura.

    ¿mundos de yupi o adolescencia eterna? Puede ser, de hecho no descarto que sea esta una posibilidad muy muy probable, puesto que la mente tiene sus triquiñuelas y yo me las conozco todas (por praxis, no por lista :P).

    Espero que nos cuentes qué tal la maternidad, pero opino totalmente como tú, será lo que tú hagas que sea. Todo conlleva un precio y no hay nada de malo en ello, ni el sacrificio.

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