Cambia tus hábitos cambiando tu historia

Hace unos días, mientras salíamos del gimnasio, le dije a Pablo que la sesión me había sentado muy bien.
—Lo dices muy a menudo —contestó él—. Recuerda eso la próxima vez que pienses en venir.
Le miré con expresión interrogante.
—¿Por qué? Si siempre vengo. No me cuesta trabajo.

Es cierto: ir al gimnasio no me cuesta. Empecé en junio del año pasado y voy entre tres y cuatro veces por semana. Fui en Navidad y en Semana Santa. Si no estoy en Granada, busco un gimnasio donde pueda pagar sesiones sueltas y voy. Y antes de eso, estuve cuatro años y medio escalando y entrenando como si no hubiera un mañana.

Así que llevo seis años siendo una de esas personas que te dan coraje: una persona activa y sana.

Pensé: «tengo que desentrañar el misterio de cómo yo, que provengo de generaciones y generaciones de gente sedentaria y genéticamente poco dotada, me considero deportista y entreno con frecuencia». Porque ser constante con el ejercicio no es fácil, y yo no soy la persona con más fuerza de voluntad del mundo.

Empezar un hábito nuevo suele ser más fácil cuando comienzas muy poco a poco con acciones sencillas y que te requieran poco tiempo. Pero esa no es la única forma, y no fue así como logré pasarme al bando de los activos. Lo que hice hace ya casi seis años fue cambiar de arriba abajo la historia que me cuento sobre mí misma. Pasé de ser «Marina el ratón de biblioteca, que solo tiene el cuerpo para que le sostenga la cabeza», a «Marina, que está en buena forma y entrena para lograr cosas».

Hoy quiero contarte cómo lo hice y qué lecciones aprendí. Porque cambiar tu historia no solo es una herramienta poderosísima para lograr todo eso que parece estar fuera de tu alcance; también es muy divertido.

Mi primera historia, la de la chica a un sofá pegada, empieza con una cita de mi amigo Dani, el Húngaro…

Crónica de un sedentarismo anunciado: la chica que no tenía sentido de pelota

«En Hungría hay cuatro palabras para resumir las habilidades físicas  —me dijo un día Dani, mi compañero de piso, en quinto de carrera, mientras jugábamos a tirarnos algo en mitad del salón—: fuerza, resistencia, velocidad y sentido de pelota. Y tú no tienes nada de sentido de pelota».

¿Sabías que hasta hace 2-3 años no me había dado cuenta de que para atrapar algo cuando te lo lanzan tienes que dirigir los ojos al objeto en sí? Yo miraba al lanzador con cara de pánico, y cuando calculaba que tenía que coger la pelota, o lo que fuera, hacía un movimiento espasmódico con las manos y daba un gritito.

Y no es que vaya muy sobrada de las otras tres habilidades. Durante mi infancia y adolescencia tenía la masa muscular de una medusilla y la capacidad aeróbica de Escarlata O’Hara con el corsé puesto. Mis únicos activos en el mundo físico eran:

  1. Mi cabezonería. Era como uno de esos caballos que revientan corriendo.
  2. Ya está. No sé por qué he empezado una lista: no tenía más activos físicos. De hecho, la cabezonería es un activo mental.

A pesar de esto, mis padres, que Dios los bendiga, tenían claro que para mí era importante ser activa y tener buena salud. Así que me apuntaron a muchas actividades, con distintos grados de éxito.

  • Baloncesto. Entre mi escasa altura y mi nulo sentido de pelota, pasé meses sin meter una sola canasta.
  • Tenis. Daban puntos verdes por hacerlo bien y puntos amarillos por tener buena actitud. Como en el fondo soy muy competitiva, recogía millones de pelotas y gané muchos puntos amarillos.
  • Equitación. No se me daba mal, pero no tiene demasiado mérito dado que el 90% del esfuerzo lo hacía el caballo.
  • Orientación. Esto se me daba bien. Gané campeonatos y todo. Se trata de buscar balizas con ayuda de un mapa, y el factor mental me daba algo de ventaja. Pero me coincidía con los scouts y lo dejé.
  • Atletismo (1.500 metros). Como era cabezona, terminaba las carreras. De las últimas, pero terminaba.
  • Natación. El factor cabezona influía, pero me aburría como una mona y, de nuevo: talla pequeña, corazón del tamaño de una castaña. Era la mayor de mi grupo y mi entrenador me odiaba.
  • Vela. Esto fue un verano, en plan cursillo, y no me acuerdo muy bien (¿estrés postraumático?).

Cuando mis padres dejaron de poder obligarme a hacer cosas, me instalé en un agradable sedentarismo, solo roto por un intento anual de operación bikini, en abril o así, en que me apuntaba a aerobic, o empezaba a correr, y lo dejaba porque me aburría.

Esta soy cuando empecé la residencia, con las llaves de mi primer piso para mí sola y mi masa muscular medusil

Para los veinticinco estaba hecha un asco. Me había pasado el año anterior sentada estudiando el PIR, así que empecé a correr inspirada por Murakami y al mes tuve que parar porque me dolía la rodilla izquierda. Fui a hacerme una resonancia y acabé en la consulta de una traumatóloga, que me dijo:

—Algunas personas tienen que aceptar que no pueden hacer deporte. Así que hala: a ver la tele.

Salí de la consulta así…

Bonus point de Jipi VIP si reconoces la escena

…y me apunté a la piscina. Me resigné a pasarme la vida rehabilitando. Di por terminado mi recorrido en el mundo del deporte con veinticinco años.

Entonces descubrí la escalada.

Las historias: autopistas de la información mental

Te estoy contando mi vida porque quiero que conozcas mi primera historia: la historia de la patata física. Observa cómo he escogido las partes relevantes para componer la narrativa que me interesaba: desastre con la pelota, pocas habilidades, un fracaso detrás de otro y escasa fuerza de voluntad. Si me fijo solo en ellas, esta historia es la única que tiene sentido para mí. Ni siquiera me doy cuenta de que la estoy eligiendo.

Seguro que tú tienes las tuyas: la historia de la más torpe de la clase, de la chica solitaria o de la que nunca termina lo que empieza.

Cada vez que te cuentas una historia sobre ti y te la crees, estás creando una red relacional: una autopista mental que te sirve para simplificar la complejidad del mundo y para interpretar rápidamente lo que pasa sin necesidad de pararte mucho a analizar la situación.

Cada historia o red relacional tiene su conjunto de reglas. Algunas de las reglas de mi yo sedentaria eran:

  • Las lesiones son el fin del camino. Si estoy mal ahora, el ejercicio solo lo empeorará, y será una muestra de que no estoy hecha para esto.
  • Uno nace con unas capacidades y hay poco que puedas hacer para cambiarlo.
  • Yo soy un ratón de biblioteca, y una no puede ser a la vez inteligente y deportista.
  • La gente que hace ejercicio está en un planeta distinto al mío. Tienen familias distintas, entornos distintos y cerebros distintos.
  • No tengo fuerza de voluntad.

Todo lo que me pasaba en aquel entonces era rápidamente filtrado a través de la historia de la patata física y sus reglas correspondientes. Por ejemplo:

  • He dejado de ir al gimnasio después de un mes porque soy una patata física (y, además, no tengo fuerza de voluntad).
  • Me he lesionado corriendo porque soy una patata física (y las lesiones son el fin del camino).
  • Mi capacidad cardiovascular es un asco porque soy una patata física (y porque uno nace con unas capacidades y hay poco que puedas hacer para cambiarlo).

Si estoy bajo el dominio de esa historia, no me hace falta pararme a pensar, por ejemplo, en qué maneras hay de mejorar un hábito, o en cómo rehabilitar mi rodilla, o en por qué salir a correr con cero musculatura en la pierna no es una buena idea. La autopista mental «soy una patata física», con todas sus reglas asociadas, hace que la nueva información viaje a velocidad del rayo y se coloque enseguida en mi cerebro, quietecita, sin molestar el statu quo.

Y esto es peligroso.

Mi autopista mental estaba literalmente poniendo en riesgo mi vida y condenándome al sedentarismo y a la oxidación antes de cumplir los treinta.

Además, cada nuevo suceso, cada nueva pieza de información, es absorbida por la autopista; es más, se convierte en parte de la autopista y la hace más fuerte, rápida y resistente. Y lo que no entra dentro de sus reglas, se desecha: ni haberme esforzado por salir a correr, ni apuntarme a nadar a pesar de las palabras de la traumatóloga, ni los 100 deportes que probé de pequeña lograron convencerme de que quizá esa historia no era cierta.

Procesar el mundo a través de nuestras autopistas mentales es el estado en el que pasamos la mayoría del tiempo. A no ser que hagas el esfuerzo de pararte y tratar de analizar la situación desde otro punto de vista, todo lo que vives, todo, está siendo integrado en función de las historias que te has contado alguna vez. Y además, para ahorrarse el esfuerzo de hacer obras en tus autopistas mentales, tus historias van a hacer todo lo posible para que sigas como hasta ahora.

Espero que esto te haga comprender la importancia capital de cambiar las que no te gusten.

Voy a empezar contándote cómo cambió la mía.

Accidente en mi autopista: así descubrí la escalada

Estaba yo un día saliendo de la piscina, con cara de lesionada y sacudiéndome el pelo para que se me secara antes, cuando vi un cartel: «Curso de iniciación a la escalada». Y una vocecita dentro de mí dijo: «yo quiero hacer esto». Algo en la idea de escalar me resultó lo bastante atractivo como para tomarme la molestia de pararme y decidir de verdad hacia dónde quería ir yo en el aquí y el ahora.

Y fui a escalar. Y me encantó.

En Grazalema, escalando mi primera vía ever

El cambio de historia empieza con un deseo. En mi caso, con la intuición de que había algo en estar ahí, en las alturas, que encajaba con quien yo quería ser, y con el deseo de convertirme en esa persona. El cambio de mi historia empezó con el amor.

No necesitas un flechazo de este calibre: el amor está en todas partes. Si hay algo que quieres empezar y que aún no has logrado consolidar en tu vida es porque una parte de ti ya lo ama: a ese algo, o a ti misma, o a la idea que tienes de quién serás cuando lo logres.

Te interesa cambiar de trabajo porque amas lo que podrías conseguir si lo hicieras. Te interesa tener pareja o formar una familia porque amas ya a esa futura pareja y a esa futura familia, y amas a la versión de ti que podrías ser si lo consigues. Bucea dentro de ti para encontrar ese amor y utilízalo como gasolina.

Apuntalando mi nueva historia con compromisos nuevos

La noche después del curso de escalada me sentía como cuando no sabes si un chico te va a llamar después de una primera cita fabulosa. No era posible que esa fuera mi vida, porque yo era una patata física. Me dejaba los pies de gato en el salón para verlos a menudo y recordar que no lo había soñado.

La escalada me gustaba tanto que, por primera vez en mi vida, empecé a hacer todo lo posible por no perderla. Sin saberlo, estaba abordando el paso dos de cómo cambiar tu historia: estaba creando nuevos elementos coherentes con una versión distinta de mí. Estaba construyendo una nueva autopista.

En primer lugar, me apunté a un rocódromo. Entrenar en un sitio con un 90% de hombres me daba pavor. Yo era una patata física en comparación con las mujeres, así que imaginad con los hombres. Pero fui, y me apunté, y empecé a entrenar consistentemente 2-3 veces por semana.

Y a hacerme fotos de postureo

Además, me hice un nuevo grupo de amigos. Y que conste que hacer amigos nuevos se me da fatal, pero tuve paciencia, y persistí, y me apuntaba a todo estuviera o no invitada, y finalmente me aceptaron porque no les quedaba otro remedio.

De viaje de escalada en Marruecos, un día que nos pilló la lluvia a media vía

En El Chorro. Obsérvese el porcentaje de gente que está, de hecho, escalando en esta foto

 

En verdad no escalábamos tanto

Observa de nuevo cómo te estoy contando esta historia. Ahora estoy eligiendo y resaltando los elementos que tienen que ver con mi nueva identidad: escaladora. Podría haberme fijado en los rastros de patatismo físico que aún persistían: como que la rodilla todavía me molestaba, o que me levantaba a media noche llorando con dolor de codos, o que tenía agujetas todos los días, y el roco se me daba fatal.

Pero si empiezas a crear nuevos elementos que estén de acuerdo con la historia que quieres construir y, sobre todo, les das toda tu atención, tu nueva autopista no tendrá más remedio que crecer.

Durante el siguiente año, continué ampliando y consolidando mi nueva historia. En vez de comprarme un coche pequeñito, me compré una furgonteta y empecé a dormir en ella cuando salía a trepar. Lo primero que hice cuando me mudé a Madrid fue apuntarme a un rocódromo. Compré un billete para viajar a Boulder, Colorado, creyendo erróneamente que EEUU era la meca de la escalada deportiva (la meca de la escalada deportiva, por difícil de creer que resulte, es España. ¿A que tú tampoco te crees que sea la meca de algo? Pues lo es).

 

Escalando en Colorado

Y me eché un novio escalador, claro está.

Que no tiene la masa muscular de una medusilla

Buscando las zanahorias

Cambiar mis hábitos tuvo momentos difíciles e incómodos: el dolor, las horas en coche para llegar a los sectores, la pereza antes de entrenar, el miedo frente a un proyecto duro, las caras mustias de mis otros amigos que repetían que «no te vemos el pelo»… Tu cuerpo, tu mente y tu entorno están habituados a tu antigua historia, y cambiarla te va a costar.

Pero escalar me gustaba, así que cada vez que iba obtenía una recompensa inmediata en forma de diversión, risas y desconexión de la vida cotidiana. Y se me daba bastante bien, teniendo en cuenta que soy, como dice Pablo, un chichón del suelo.

Descansando en una chorrera en Kalymnos, Grecia

Te va a ser muy difícil meterte en una historia que en realidad no te gusta, así que te animo a que te plantees a menudo si tu nueva historia es tuya o si solo quieres vivir de acuerdo a lo que los demás quieren de ti. Y si es tu historia, pregúntate si estás haciendo lo posible para que sea divertida, al menos en parte:

  • Si quieres ir de viaje, ve a un sitio que te guste.
  • Si quieres hacer deporte, busca un compañero o un grupo, y vete a tomar algo con ellos después del entrenamiento.
  • Si quieres aprender un idioma, encuentra a un erasmus buenorro para practicar conversación.
  • Si quieres empezar un negocio, hazlo en algo que te interese.

Sé que esto parecen obviedades, pero te sorprendería darte cuenta de la cantidad de veces que nos dejamos la alegría por el camino, porque algo en nuestra moral judeocristiana nos dice que el cambio es duro y que para lograr lo que queremos tenemos que pasarlo fatal.

Mientras construyes tu nueva historia, date espacio para disfrutarla. Aproxímate a ella con curiosidad y con ganas de jugar, y permítete regodearte en cada uno de tus logros.

Sé como el burro detrás de la zanahoria, pero recuerda que no eres un burro, sino un humano con pulgar opositor: de vez en cuando, párate, coge la zanahoria con la mano y cómetela entera.

Sueña, imagina, amplía

Tu historia no solo se construye de realidades; también se construye de sueños. A efectos prácticos, tu pasado es exactamente igual de real para tu cerebro que un futuro imaginado, así que si no tienes hechos que apuntalen a esta nueva versión de ti, imagínatelos.

Una vez, haciendo una lista de mis objetivos de escalada, escribí que en algún momento quería encadenar 8a. Para que te hagas una idea: los grados de escalada empiezan en el V (quinto) y acaban, de momento, en el 9b+. Escalar 8a es de máquinas. Y yo en aquel momento escalaba 6b, y penando muchísimo.

Pero quería escalar 8a en algún momento. Y cuando pude, me mudé a un pueblo junto a una zona de escalada. Y acabé escalando 7a+, que no está nada mal para, insisto, un chichón del suelo.

Esta es la vía más difícil que he probado jamás (Draculín, en Margalef). Se acabó la temporada antes de que pudiera encadenarla y me quedé cerquísima. Aun así, estoy muy orgullosa del trabajo que hice, y por eso te incluyo este vídeo en el que, de hecho, me caigo. Mientras lo ves, recuerda, por favor, mi pasado meduso-patatil. Si alguien me hubiera enseñado este vídeo hace seis años, me habría partido de risa en su cara.

[Si escalas y te interesa, aquí tienes mi lista de encadenes de 8a.nu]

Nuevas reglas, nuevos futuros

Hace casi un año que dejé de escalar con tanta frecuencia, porque estaba un poco quemada. Y habría sido muy fácil volver a la historia del patatismo físico: «pues claro que has dejado de escalar, ¿qué esperabas? Eres una patata».

Sin embargo, mi nueva autopista era ya tan sólida que procesaba mi realidad en función de ella. Porque mi nueva historia no solo era «soy una escaladora», sino que tenía muchas subtramas como: «soy una persona activa», «cuido mi cuerpo», «entreno a menudo».

Además, en el proceso de descubrirme como escaladora había aprendido mucho y creado reglas nuevas para vivir mi vida.

  • Las lesiones no son sentencias de muerte, sino parte del proceso.
  • Cualquiera puede ser activo y hacer deporte si busca la manera.
  • Las capacidades se entrenan y mi cuerpo tiene una increíble capacidad de adaptación.
  • Estar en movimiento es agradable.
  • Puedo entrenar en ambientes donde hay mayoritariamente hombres sin problema.

Gracias a mis subtramas y a mis reglas, no interpreté mi parón en la escalada como una muestra de patatismo, sino como una señal para buscar un nuevo deporte. Así que me puse a hacer pesas (¿por qué pesas? Pues esa es otra historia, y debe ser contada en otra ocasión).

Luz + postura = ¡sorpresa: deltoides!

Y así llegamos de nuevo al principio del post: yo yendo al gimnasio con regularidad tres veces por semana. Después de todo lo que te he contado hoy, no parece difícil. Tiene todo el sentido del mundo. ¿Cómo iba a dejar de hacer deporte a estas alturas? De hecho, ahora mismo quizá pienses que ni siquiera tiene mérito. Es quien yo soy.

Si pones el suficiente esfuerzo y cuidado en crear tu nueva historia, estarás volcando a tu favor toda la potencia de tus autopistas cerebrales. Serás capaz de lidiar con todos los problemas y dificultades que te arroje la vida, y apenas te costará esfuerzo, porque harás todo lo posible para ser fiel a tu nueva identidad. Recuerda que tu mente quiere mantenerte como estás: todo el esfuerzo que antes empleaba en que no cambiaras tus malos hábitos, ahora lo volcará en que mantengas los buenos.

No estás en el final de tu historia

No es necesario que cambies tu historia actual para que la nueva funcione. Basta con que la integres en un arco narrativo más amplio. Por ejemplo: mi patatismo físico ya no es lo que me define: es la dificultad que tuve que superar para convertirme en quien soy ahora. Es el conflicto de la heroína antes del triunfo.

Cualquier película, cualquier novela de aventuras, puede ser la historia de un fracaso si la cerramos antes de la cuenta. Frodo perdido en la Tierra Media, Katniss a punto de morir en Los Juegos del Hambre. Lo que la convierte en una narración épica es envolver ese «fracaso» en el arco más amplio de la superación y el éxito.

Es tu turno: empieza hoy mismo a escribir una historia nueva

¿Qué has pensado al leer este post? Si es algo parecido a «esto le vale a Marina, pero a mí no me va a funcionar», adivina qué: el post acaba de viajar a toda velocidad por una de tus autopistas. Quizá por la de «soy un desastre» o «no soy capaz de cambiar». Es otra señal más de lo mucho que tu propia historia te está saboteando.

Te invito a que te pares y releas este post con ojos nuevos. Como si no supieras nada de ti. Como si ya hubieras empezado a cambiar o fueras el tipo de persona capaz de aplicar lo que lee en Internet. Párate frente a las ideas antes de que tu autopista las absorba.

Tu nueva versión ya vive en una parte de tu mente. Si la Marina escaladora hubiera estado completamente ausente de la yo que vio el cartel en la piscina, habría pasado de largo. La tú emprendedora, o con montones de amigos, o viajera, o escritora, o luchadora de jiu-jitsu brasileño, está gritando en una parte de tu cerebro, tratando de hacerse oír. Solo se trata de que dejes que sea ella quien toma las decisiones.

Pregúntate:

  • ¿Y si cambiar fuera posible? ¿Qué tendría que hacer para empezar?
  • ¿Y si mis dificultades actuales no fueran más que el conflicto antes del triunfo? ¿Qué tendría que hacer para darle a esta historia un final feliz?
  • ¿Cómo puedo empezar, poco a poco, a añadir a mi vida elementos que sean coherentes con la persona en que deseo convertirme?
  • ¿Cómo sería si dejo que la yo (emprendedora, con montones de amigos, viajera, escritora o luchadora de jiu-jitsu brasileño) sea quien tome las decisiones, de ahora en adelante? ¿Qué haría de forma distinta a lo que estoy haciendo ahora?

Tu capacidad de crear una historia nueva es una de las más emocionantes y poderosas que tienes como ser humano. Puede salvarte la vida, llevarte a lugares insospechados, hacer que encuentres el amor y depositarte cada noche en tu cama con una sonrisa de oreja a oreja. Invierte en ella. Tómate unos momentos para contestar a las preguntas anteriores con papel y lápiz. Verás como merece la pena.

Y recuerda que lo importante de la vida, y de la escalada, no es (solo) el postureo. Son las personas.

 

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34 Responses to Cambia tus hábitos cambiando tu historia

  1. Deira abril 25, 2017 at 8:10 am #

    Vaya jamón que te habrás ganado si este post resulta tener el mismo impacto real que el que está teniendo en mi cerebro en estos instantes

    • Marina abril 25, 2017 at 9:50 am #

      Qué bonito, Deira 🙂 ¡Y qué rico el jamón!
      Recuerda: que tenga o no impacto real depende de tus autopistas cerebrales 😉 No dejes que absorban tus oportunidades para cambiar. Un besote!

  2. Cristina abril 25, 2017 at 8:58 am #

    No sé cómo lo haces pero tus post siempre llegan en el momento oportuno. Inspiras muchísimo!

  3. Jorge abril 25, 2017 at 8:59 am #

    Un post tremendo de verdad.
    Mi historia patatil se parece mucho a la tuya, sólo que yo me cansé antes de ser un patata y de que mis compañeritos de juego estuvieran siempre con “gordo” por aquí, “gordo” por allá.
    Tras ser rechazado en las pruebas de aptitud para acceder a una escuela deportiva con la que soñaba cambiar mi blando e inútil físico pubescente (y sentirme un fracasado), empecé a hacer flexiones en el suelo de mi habitación porque había visto a mi padre hacer gimnasia en casa. Así comenzó mi relación con el deporte. Y aún no ha terminado…
    Suscribo todo lo que dices punto por punto. Y animo a cualquiera que lea esto a que rompa esa autopista mental que pretende mantenernos siempre en la comodidad y el mínimo esfuerzo. La recompensa es tan inmensa que es imposible mirar atrás sin, como mínimo, sonreír.

  4. Bego abril 25, 2017 at 9:25 am #

    una gran historia, emocionante y inspiradora

  5. Pablo abril 25, 2017 at 9:51 am #

    Qué maravilla de post! Me encantó la analogía de la escalada para narrar un cambio tan profundo. Este post tendría que ser parte del libro de Leo Babauta de habits! “Cambiar la narrativa de lo que te decís que sos”. Muy poderoso. Voy a empezar a aplicarlo en mi nueva búsqueda de un hábito más sano llamándome a mi mismo “A morning person, I’m not a night owl”.

    Me parece poderoso viéndolo desde el ángulo de Paul Graham de Keep Your Identity Small. La idea que planteas en este post es la inversa: expandí tu identidad con quien querés ser reinventando la narrativa que te repetís.

    La analogía de la autopista es fantástica porque es inclusive fisicamente así, ¿no? Neurons that fire together wire together?

    Muchas gracias por el post. Me impactó.

    (Y ya ni que decir del video en Draculín! No me acordaba que el pegue había sido tan potente! Me motivó! ?)

    • Marina abril 25, 2017 at 10:10 am #

      Creo que fue el mejor pegue que le di. Creo que de no ser por el viaje a Kalymnos, la habría encadenado en unos días. Oh well… Habrá que volver y pasarse un mes o dos proyectándola xD

      Me alegro de que te haya gustado el post y espero que te sirva para lo de irte a dormir antes. Leo Babauta habla de lo de la identidad en uno de sus capítulos, pero es muy breve.

      Un beso, bombonazo.

    • Marina abril 25, 2017 at 10:15 am #

      Ah, importante: en realidad Paul Graham tiene razón, en el sentido de que incluso esta nueva identidad puede dejar de servirte en algún momento y es buena idea no aferrarse demasiado a ella. Yo me aferré un tiempo a mi identidad de escaladora cuando necesitaba un cambio y acabé quemada. Como siempre, lo importante es encontrar lo que te sirva.

      Más besos.

  6. Jon abril 25, 2017 at 9:58 am #

    Gran post, Marina. Gracias por contar con todo lujo de detalle cómo son las historias que nos contamos a nosotros mismos.

    A mí una profe de teatro me dijo que tenía el carisma de una zapatilla de lona y que nunca me echaría novia. Me lo creí, pero 8 años después quise hacer teatro. Igual que tú, por amor, no sabía qué había ahí pero me apetecía… y después de hacer teatro y algunas películas, pues acaba uno con un canal de youtube y una nueva autopista mental 🙂

    Un abrazo, compañera.

  7. Sandra abril 25, 2017 at 10:32 am #

    Que gran post! Llevo toda la Semana pensando en esto, como ha dicho otra chica antes, siempre tienes el post perfecto que necesitaba. Me ha encantado tu historia, gracias por compartirla

  8. Silvia abril 25, 2017 at 12:06 pm #

    Hola Marina,
    en mi caso, después de probar gimnasio (que descubrí que me aburre) y patinaje (que nunca llegué a disfrutar), me decanté por el ciclismo. Empecé por arrastrar la bici en las cuestas a controlar las marchas y encontrar el truco para subir puertos sin bajarme de la bici. Empecé por dar tres vueltitas a la manzana a hacer hasta 90 km (de momento lo máximo que he hecho en un día). Empecé por hacer salidas de fin de semana con 2 alforjas a pasarme una semana entera con 4 alforjas, mochila y tienda de campaña y además con la rueda delantera muy pillada y que me frenaba mucho (no lo descubrí hasta que volví a casa). Así me subí dos puertos de montaña, y lo que aún quedaba. Me queda decir que empecé mis pinitos en el ejercicio con 30, con la bici a los 36 y ahora tengo 40 añetes. Y conozco gente con más edad que se pegan unos viajacos a pedales de impresión. En fin, lo que tú dices, la clave de todo es disfrutar, y darte cuenta de que el cuerpo aguanta más de lo que crees. Saludos!

    • Marina abril 25, 2017 at 12:33 pm #

      Qué guay, Silvia 🙂 Además, creo que los 30-40 es la mejor edad para deportes de resistencia, ¿no? Físicamente, quiero decir. Creo que los triatletas lo petan a esa edad. Pero no me hagas mucho caso. En cualquier caso, enhorabuena por ese cambio y a disfrutar pedalada a pedalada. ¡Un abrazo!

      • Silvia abril 25, 2017 at 1:17 pm #

        Pues no te sabría decir… yo creo que la mejor edad para hacer deporte es precisamente hasta los 30, porque tienes más energía, más empuje, el cuerpo más “nuevo”, no sé. Pero parece que nos ocupamos más de otras cosas, como labrarse el futuro, establecernos profesionalmente, formar una familia… creo que a partir de los 30, como fue mi caso, te entra una especie de crisis y ves que el tiempo pasa y que hay que empezar a cuidarse. Y que te quitas muchas tonterías de la cabeza, muchos miedos. El cuerpo no es el mismo que a los 15 o a los 20, pero marcándose objetivos, entrenando, escuchando tu cuerpo y viendo hasta dónde puedes llegar puedes conseguir muchas cosas. La ventaja en el deporte respecto a los años jóvenes es que vamos con prudencia y no hacemos burradas. En ocasiones veo a chavales hacer cada cosa que si yo fuera su madre les cantaba las cuarenta bien cantadas… jajajaajaj. Gracias Marina, y a seguir disfrutando. ¡Abrazos!

  9. Cristina abril 25, 2017 at 12:34 pm #

    ¡Flipante el vídeo escalando!

    Yo tengo una historia parecida con el deporte: crecer pensando que era la torpe rata de biblioteca, pero hace unos años empecé yoga, me fue muy bien en muchos sentidos, después pilates, no es que sea Hulk, pero he echado algo de músculo, y he dejado de identificarme con la tirada y no me imagino volviendo a vivir una vida tan sedentaria como he hecho hasta los 30, y, además, me proyecto cada vez más fuerte.

    Me gusta mucho cómo lo has explicado, y me ha motivado a pensar en otras áreas de mi vida que hace mucho que siento que amo de alguna manera, como tú dices, pero la inercia es muy fuerte. ¡A por ellas!

    Gracias, como dicen otros comentaristas, eres muy inspiradora.

  10. Geraldine abril 25, 2017 at 12:54 pm #

    Buen día, Marina! me has dado una cachetada! psicológica jajajaja, cuando se tiene un hogar (Con una niña) A veces dejas los deportes a un lado, ya que quisieras que el día tuviera 48 horas para poder realizar todas las actividades que quieres. Hace varios años corría (Y vaya que feliz me hacia!) Era mi escape ante las adversidades o estrés de mi alrededor. En estos momentos he estado retomando las actividades físicas mas es por enseñarles a la niña la importancia de mantenerse activa. Y por dentro extrañando tanto correr. A veces me acuesto en las noches y digo: “Y si doy una vueltica por la urbanización corriendo??” jejeje bueno y este post me ha empujado a realizar dicha actividad. A organizarme mejor o reinventarme en alguna actividad que me anime tanto como antes lo hizo el correr.
    Gracias miles.- Con cariño Gerald

  11. Irene abril 25, 2017 at 12:56 pm #

    Hola Marina,
    he flipado con tu historia porque la mía es su hermana gemela, xD!
    Vaya por delante que suscribo cada palabra tuya sobre los hábitos y el cambio de historia para poder transformar el presente y el futuro.
    Y ahora mi rollo:
    De pequeña mis padres también me apuntaron a un montón de deportes, pero ninguno me gustaba. Yo, como tú, me entretenía más con tareas típicamente sedentarias: leer, escribir, tocar y escuchar música, etc.
    Recuerdo una boda a la que asistí y en la que mi padre me sacó a bailar. Yo tendría unos 7-8 años. Obviamente, no había bailado rollo salón en mi vida. Mi padre, al ver que no era capaz de seguirle los pasos, me dijo: “pareces un pato mareado”. Ése fue el germen de una de las creencias que más me ha costado quitarme, y es que no soy buena bailando. (Que conste que no le culpo, él no sabía que esa frase iba a traumatizarme tanto).
    Cuando tenía 11-12 años, mis padres ya no hicieron más fuerza por apuntarme a deportes y me dejaron que hiciera lo que quisiera. Yo, claro, pasé de los deportes. No he dicho que yo fui la típica niña a la que escogían la última en el cole cuando había que formar equipo y la que huía despavorida de los balones pensando que le iban a dejar tuerta.
    Luego, de los 17 a los 19, pasé una época muy chunga. Tuve anorexia y una de mis obsesiones, aparte de dejar de comer, fue hacer ejercicio compulsivamente.
    Y ahora diré algo que tal vez suene poco políticamente correcto, pero lo siento así: no hay mal que por bien no venga. Uno de los aprendizajes que obtuve de mi enfermedad (y hubo muchos, lo puedo asegurar) fue que el deporte no es una tortura como yo pensaba. Yo lo utilicé para torturarme durante la anorexia, y no pondría la mano en el fuego por que no seguí torturándome con él después del alta, pero casi 8 años después de haber salido del hospital sé que fue pasar por eso lo que hizo que acabase gustándome el deporte.
    Obviamente, ha habido un largo proceso de cambio de creencias, de adopción de hábitos, de dejar de utilizar el ejercicio como estrategia de pérdida de peso… Como digo, toda esa obsesión con el ejercicio fue más allá de mi alta hospitalaria, pero hoy ya no existe. Ahora, cuando voy al gimnasio, es porque, como tú dices, me he convertido en la típica persona que dan coraje: activa y sana xD
    Voy a gusto, y ya no pienso que sea mala en el deporte, o que hacer ejercicio sea aburrido, o que… no; ahora forma parte de mí de una manera sana, no obsesiva.
    ¡Ah!, y con respecto a lo de bailar, bastó para tomar clases de danza contemporánea durante 2 años para quitarme la creencia de que soy un pato mareao. No sólo no bailo mal (creo), sino que encima me encanta.
    Pues eso. Gracias por tu post.
    Irene

  12. Silvi abril 25, 2017 at 4:51 pm #

    Hermoso post, divertido y real!
    Muchas gracias por compartirlo con nosotros. Justo coincide con una de las unidades que estamos viendo en la carrera de Coaching con lo que recién lo compartí con mis compañeros de cursada.
    Creencias limitantes o habilitantes y la posibilidad de reescribir nuestra historia. Y que mejor ejemplo que uno real como el tuyo para fijar el concepto!
    Un abrazo desde Buenos Aires!

  13. Lau abril 25, 2017 at 4:57 pm #

    Jo, qué inspirador Marina :’)

    Además, me he sentido identificada porque yo también fui la “Master Sedentaris”. Pero es que yo incluso me enorgullecía de ello casi ¿eh? “No no, yo no hago deporte. Es un rollo y además cansa mucho…” ¬¬*
    Y luego “pum, se convirtió en [chocapic] súper-fit” jaja.

    Por cierto, ¿qué pasó con el tema de la rodilla? ¿lo sigues arrastrando de alguna manera? A mí me dan bastante por ass las mías U.U

    Un besito! :*

  14. Juan abril 25, 2017 at 8:05 pm #

    A mi el post me parece, desde mi humilde opinion, un poco de autobombo y afán de protagonismo…Pero como ay he dicho es una simple opinion sin animo de ofender

    • Marina abril 26, 2017 at 5:42 am #

      Bueno, Juan, es lo que tiene escribir en Internet, y la vida en general: que no se puede satisfacer a todo el mundo 🙂

  15. Paz abril 25, 2017 at 9:21 pm #

    De todos los post tuyos que he leído, este ha sido para mí, el más motivador con diferencia, y no porque los demás no lo hayan sido. Así que te doy las gracias, porque estoy contenta de repente, estoy motivada y pensando cono pensaría la persona que quiero ser. Es como si tú hubieras escrito esto siendo tan feliz que se me ha contagiado.

  16. Rosalba abril 26, 2017 at 12:58 am #

    Gracias, excelente post,muy motivador!!

  17. Zulma abril 26, 2017 at 1:15 am #

    Hola Marina,
    me encanta de tu blog que tú con tu vida eres el mejor ejemplo de lo que predicas. Me emocioné mucho viéndote en Draculín!! La mujer araña!
    Esta es mi historia sin duda. Yo hasta ahora estoy comenzando un cambio de hábitos que me tiene entusiasmada, y le he echado muchas ganas a cambiar mi mente. Como otros testimonios que están aquí, también me consideré ratón de biblioteca, sin sentido de pelota (mi madre, que sí lo tiene, me dice que no “agarro ni al novio en cine”), y estoy cerca de los 30. Estoy haciendo mi tesis de máster, y tengo los plazos encima. Quiero ser más productiva y hacer ejercicio porque TAMBIÉN ME ENFERMÉ DE MI RODILLA IZQUIERDA, (¿puede haber más similitudes?) pero por sedentarismo y por correr mal. He rozado la depresión y conozco la ansiedad, y hasta mi psicóloga me recomendó la escalada por esa metáfora que tiene de irse superando y logrando metas más altas. Imposible no escribirte y agradecerte.
    He intentado cambiar muchas veces, y todavía no he logrado formar el ejercicio y el buen manejo del tiempo como hábitos saludables, pero ya le perdí el miedo al ejercicio y aprendí a disfrutarlo, porque ya he sentido que se pasa bien mientras lo hago. Ahora tengo como ese miedo de terminar mi tesis, es algo muy extraño, pero el ejercicio en sus virtudes psicológicas y físicas sé que se va a convertir en mi estrategia aliada.
    Me encanta que hagas énfasis en el disfrute, en las redes personales, el placer y la curiosidad como elementos centrales antes que el sufrimiento y el sacrificio. Cuando entiendes que el ejercicio no da sufrimiento sino liberación es cuando cambias el chip y comprendes al fin que estás en camino de ser una persona más fuerte cada día.
    Mi objetivo es ser una persona fuerte, Marina, porque la historia que me he contado es la de ser una víctima y una acomplejada. Que tiene fuerza, resistencia, velocidad y buenos reflejos, al estilo de tu amigo húngaro; que mejora sus capacidades físicas y puede reaccionar en una emergencia. Si me pongo a imaginar, en mí vive una bailarina y una practicante de artes marciales (me interesa mucho y ya me imagino siendo así). Y también quiero ser una persona fuerte en el sentido mental y emocional, que es capaz de ser adulta con todos sus bemoles, enfrentar retos intelectuales y académicos y que se ayuda a sí misma luego de mucho tiempo de huir de sí misma.
    Me has inspirado mucho, y espero algún día terminar mi tesis que he prorrogado horrores, y conocer amigos bailando y practicando jiujitsu, capoeira o taekwondo.
    Un abrazo fuerte a ti y a todos los que comparten su testimonio.

  18. siro abril 26, 2017 at 2:23 am #

    Genial ! Lo leí y me llevó a hacer algo que deseaba desde hace muchos años. Ir en bici a comprar a un centro comercial. Fue todo muy rápido . Me di cuenta de que podría hacerlo por caminos de campo en vez de por carreteras. Tenía poco tiempo para ir y volver a casa a impartir mi clase de guitarra.Pero lo hice. Que liberación. Al llegar dejé la bici en el jardín y me sentí como un niño otra vez. Me encanta tu expresión ” un arco narrativo más amplio ” .Gracias y enhorabuena Marina !

  19. Atreverse abril 26, 2017 at 7:59 pm #

    Mi padre aprendió a esquiar con 65 años, se pegó un jostión (el segundo año) y no pudo ir a esquiar ese año. Recuperó como un jabato, haciendo sus ejercicios todos los días y ahora va que se las pela. En mi casa no se estila nada el “esto no se puede hacer porque x o y”. Mientras no haya una ley física universal que lo impida, se hace. Diría que esta es mi mejor cualidad heredada, y que conlleva que a pesar de haber vivido situaciones muy chungas y de tener una radio mental que se podría llamar “tus 40 enemigos mortales”, pues a esos también los cuestiono. Yo lo he vivido más como una jodienda, pero ahora me doy cuenta que en realidad posiblemente sea mi mejor cualidad. Y es que algo que me pone cantidad es cuando oigo (en mi cabeza o de otras personas): esto es imposible. Uf, subidón del güeno. 🙂

  20. Dani abril 28, 2017 at 5:18 am #

    Me ha gustado tanto, tanto, tanto y tanto este post.
    Lo leí en un momento donde me estaba viniendo abajo cuando he empezado a sentir como me apagaba levemente: dejando de ir a correr, dejando de ir a unas clases que me gustaban mucho y me hacian sentir mejor física y mentalmente, dejándome llevar por la inercia del día a día, aplazando cosas que ma ayudarían a acercarme a la clase de persona que me gustaría ser…, así que GRACIAS (sí, en mayúsculas, y sí pudiera pondría GRACIAS en negrita y mucho más grande).
    Este post es oro. Necesitaba leer algo así.

    • Marina abril 29, 2017 at 8:13 am #

      Qué bonito, Dani. Me alegro. Y creo que sí que se pueden poner negritas con html 😉 Así que de nada.

  21. José abril 29, 2017 at 12:05 am #

    No nos acostumbres demasiado…. Que si nos despistamos nos podemos creer que se trata de cambiar las historias primero desde el sofá para luego cambiar nosotros 🙂 … LA frase clave del todo el artículo para mi es es: “Y fui a escalar.”

    Broma aparte. Es la primera vez que comento. Pero soy fan de tu blog.

  22. Perla mayo 1, 2017 at 6:20 pm #

    Gracias Marina. Una genial y cercana psicóloga escaladora 🙂
    Cercana porque lo que escribes resuena en muchos de nosotros que comentamos aquí y estoy segura que en muchos más que guardan silencio.
    Uno busca respuestas en experiencias reales de individuos que hayan pasado por lo mismo que uno, que hayan tropezado, errado, caído, tomado decisiones erróneas, se hayan desilusionado, hayan fracasado en alcanzar algo que se habían propuesto y al final, hayan usado todo eso que experimentaron para ponerse de nuevo sobre sus pies, y seguir adelante con lo aprendido, para cambiar su historia. El arco narrativo más amplio, la carrera de resistencia más larga, la vida al fin.
    Infinitas gracias por compartir tus experiencias de vida y tu propia historia de errores y aprendizajes, Marina.
    Leerte es como tener a una amiga sentada a tu lado contándote lo que necesitas oír cuando no te oyes ni a ti mismo de tan negado que estás.

  23. Elena mayo 2, 2017 at 9:17 pm #

    Súper útil, me encanta este enfoque de cambiar el cuento.
    Uff. Yo intenté esto de cambiar la narrativa patatil hace tres añosl. Me apunté al gimnasio, salía a correr y me compré una bici para ir por la ciudad. Además de eso, contaba con el inestimable apoyo de mi madre, que decía que adónde iba a esas edades (casi cuarenta) si yo nunca había sido ni deportista. El caso es que el cuento no ha acabado nada bien. La bici está guardada y llevo un año que como mucho salgo a dar un paseo de jubilado. Creo que aún no he encontrado una historia en la que me quiera/pueda reconocer como protagonista. Seguiremos intentando.

  24. Jose VIcente Esteve julio 17, 2017 at 3:24 pm #

    Me ha encantado el post. Ando enfrascado en desarrollar una guía de hábitos saludables en el que el principal valor sea como reinventarnos. O dicho de otra manera: como reprogramar nuestras rutinas y hábitos para alcanzar las metas que perseguimos.
    Y como ya sabemos es sumamente difícil romper viejos patrones de comportamiento. Bueno, la dificultad estriba en la capacidad de reinvención de cada uno de nosotros y la fortaleza e inteligencia emocional de la que estemos dotados. Pero vivimos en la sociedad de las prisas, de los resultados milimetrados y del estancamiento rutinario. Por suerte, muchas personas están tratando de llevar a cabo esta re invención, pero requiere un trabajo profundo y un análisis de a dónde queremos llegar. Vamos, un trabajo de auto conocimiento profundo. Sin esta fase, no podemos seguir avanzando. ¿Vosotros que técnicas usais para romper viejos patrones e iniciar cambios de hábitos profundos?

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